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lunes, 2 de noviembre de 2015

Mujeres resentidas por un fracaso de pareja...

¿PARA QUÉ SIRVEN LOS HOMBRES?
por Helena Trujillo, psicoanalista de Grupo Cero


¿Para qué sirven los hombres? ¿para qué me sirven si ya me han defraudado? Fría y distante, se pregunta con los ojos caídos de llorar.
En su tiempo usé a los hombres para amar, crear ilusiones, divertirme. Pasado un tiempo, dejados llevar por las costumbres, los rituales, la familia, nos fuimos convirtiendo en desconocidos, desilusionados con la llama apagada de todos los días, el hastío de las obligaciones que ritualizó el deseo. Rota aquella pasión, me pregunto para qué sirven, ahora que ya no creo en los sueños, ahora que el recuerdo me visita con su dolor.
Preguntarnos por ellos es preguntarse por las atribuciones que como mujeres hacemos al amor, al sexo. Con una educación afectiva-sexual insuficiente, llegamos al encuentro con el mundo ingenuas e indefensas, con pocas habilidades para afrontar la realidad y gestionar las relaciones. Pasamos con el enamoramiento a construir nuestras vidas en los pilares de la relación de pareja y familia, pero pasado un tiempo abandonamos aquello que nos permitía amar y vivir porque traicionamos nuestro propio deseo por permanecer fieles a un ideal de pareja.
Freud trabaja en el interesante texto La moral sexual y la nerviosidad moderna la problemática de la moral en la mujer donde para gozar necesita trasgredir lo que la sociedad misma le exige. Ellas han sido educadas en una sexualidad familiar, es decir, dirigida a la construcción de la familia monogámica y el respeto a ciertas costumbres que las encorsetan, pero no conocen su capacidad de goce y creación, se entregan al amor como objetos en lugar de producir su lugar como sujetos.
Lacan decía amar es dar lo que no se tiene a quien no es, pero el día a día nos muestra que la mayoría de las personas no sabe amar. Amamos el ideal del amor, la pareja perfecta, la media naranja, la idea de que el otro completa tu vida y ahí comienza el fin. Las personas no son lo que pensamos de ellas, nuestra relación de pareja no es como la imaginamos y eso muestra lo insatisfactorio de una vida cotidiana que gira en torno a una relación irreal con otra persona que no es quien yo creo.
El psicoanálisis nos enseña mucho del amor, porque las cosas no son lo que parecen, lo que aparece en nuestra conciencia, nuestros sentimientos, nuestros afectos, no representan nuestros verdaderos deseos inconscientes. Deseamos deseos, no objetos, por eso cuando queremos amar a una única persona, desearla en exclusiva, mostramos un absoluto desconocimiento de aquello que nos hace humanos. Las personas necesitamos del amor para crecer, pero del amor entendido como aquella producción donde soy capaz de hacer algo por otro, donde no seré poseedor ni de la acción ni del resultado, pero en la acción y en el resultado habrá transformación, goce.
Por eso hablar de amor y hombres, goce y pareja, fidelidad y respeto, requiere muchas más palabras de las que somos capaces de pronunciar. Hombres y mujeres somos semejantes pero diferentes, ambos nos constituimos en el lenguaje y ambos tendremos que aprender a renunciar a aquello que creemos poseer. El otro no es ni podrá ser de tu propiedad y eso no te impide amarlo. Cuando queremos poseer a la otra persona, ser del otro, nos cosificamos, nos anulamos como sujetos del deseo, por eso estropeamos la relación. Amarse es entregarse a las palabras y las palabras no son de nadie, menos que menos del partenaire amoroso.
El rencor, la pérdida de ilusión en el amor, el apartamiento de la sexualidad genital que se muestra en muchas mujeres tras un fracaso de pareja, tiene explicación en esa atribución de que el otro te va a dar lo que te falta, como si pudiéramos ser completos. Nadie es de nadie. El amor se hace entre las personas, es una producción social. Una educación que permita a las mujeres conocerse sin denigrarse, amar sin entregarse, desear sin abandonar los pactos sociales, permitirá que hombres y mujeres construyan la posibilidad de espacios compartidos, conversaciones, encuentros de sujetos deseantes.
En lugar de preguntarse para qué sirve el otro, preguntémonos para qué estoy dispuesto a trabajar. El amor requiere de un trabajo continuo en la realidad, del respeto por la otra persona y por uno mismo, y la construcción de las relaciones sociales que sostengan ese amor porque, hay que saberlo, el amor no puede hacerse a solas.



Helena Trujillo Luque
Psicoanalista de Grupo Cero
C/Juan Álvarez Mendizábal, 1 - 6º 3 28008 Madrid
Teléfono: 91 55 96 436 
Móvil: 626 67 33 22
Skype: heltrujillo

miércoles, 2 de junio de 2010

Odio a los hombres

“ODIO A LOS HOMBRES”

“Ellos son así, traicioneros, infieles por naturaleza, te embaucan y luego te dejan tirada a la primera de cambio”. Cuántas veces no habremos escuchado esto, mujeres resentidas por alguna mala experiencia sentimental o, simplemente, prejuicios sobre el sexo opuesto. Todos tendemos a generalizar alguna que otra vez, pero las verdades como tales, cuando se trata de los seres humanos, no existen.
¿Por qué una mujer puede llegar a decir que odia a los hombres?; ¿puede llegar a ser tan negativo un desengaño amoroso como para poner punto y final a toda oportunidad de enamoramiento?; ¿son todos los hombres iguales?; ¿por qué poner las esperanzas de felicidad en ellos?; ¿acaso son los que nos tienen que proveer de todo?; ¿si una relación sale mal, todas tienen que salir mal?
Cuando se trata del amor entre hombres y mujeres hay muchas ideas preestablecidas, cada uno tiene unas expectativas diferentes que no siempre concuerdan con la realidad. Hombres y mujeres no tienen las mismas necesidades ni tampoco la misma forma de satisfacerlas. Lo que podría ser complementario, muchas veces queremos que sea idéntico, cosa que es imposible. La mayoría de los malentendidos se producen porque no asumimos la realidad de las relaciones amorosas, no se diferencian tanto del resto de relaciones humanas. Tiene que prevalecer el respeto, la educación, el derecho a la intimidad, los gustos propios. Sinceramente, todos podemos reconocer que en pareja la mayoría de estas cosas no se respeta. Existe la tendencia a pensar que tener intimidad es engañar al otro, que si hay proyectos individuales estos irán en detrimento de la relación, que la confianza es mostrarse ante el otro tal cual uno es, es decir, con todos los defectos. Es el principio del fin.
Al igual que podemos hablar teóricamente de cierto desprecio a lo femenino en los hombres, ya sea por desconocimiento de nuestra propia naturaleza o porque en muchas ocasiones sólo hemos sido objeto y no sujetos del deseo; en muchas mujeres también anida una hostilidad hacia los hombres que podemos ver en muchas actitudes feministas. Muchas mujeres atribuyen al varón una vida más fácil y asequible, como si a ellos el pan y el reconocimiento les cayera del cielo sin ningún trabajo previo. Hay que reconocer que si el hombre ha alcanzado algún prestigio social ha tenido que invertir horas de trabajo, dinero y sacrificar muchos momentos amorosos y de ocio. Sin embargo, si queremos alcanzar un lugar equivalente al de muchos hombres, tendremos que tomar un camino equivalente, que no igual, porque el que repite lo hecho jamás lo alcanzará.
Ellos también tienen que abandonar la casa materna para conquistar un mundo nuevo y desconocido, también aman y preferirían quedarse en brazos de su enamorada, ellos también dejan a los hijos con dolor para ir a trabajar. Su mundo lo tienen que hacer con sus propias manos y, muchas veces, construyen parte del mundo de la mujer con la que comparten la vida. ¿Reconocemos las mujeres la generosidad que muchos hombres han tenido con nosotras? Hablamos del trabajo doméstico, de la ardua labor del cuidado de los hijos, pero digno es reconocer que ellos también hacen algo por la familia. Tal vez, unos y otros tengamos que aprender cosas del mundo femenino y del mundo masculino, tal vez no existen medias naranjas, sino medias vidas y a lo que deberíamos aspirar es a ser dos naranjas, tener vidas completas.
Cuando hacemos del amor el centro de todas las cosas, no tenemos en cuenta que, como decía Freud en su texto “El malestar en la cultura”: jamás nos hallamos tan a merced del sufrimiento como cuando amamos; jamás somos tan desamparadamente infelices como cuando hemos perdido el objeto amado a su amor. Diría que esa es la base del resentimiento de muchas personas cuando, tras una ruptura sentimental, afirman no querer probar nunca más esa medicina. Si esperamos que el amor nos genere la felicidad que nos tiene que dar el trabajo, las relaciones sociales, los proyectos sociales, no sólo nos quedaremos sin amor, sino que además, nos sentiremos profundamente defraudados. Si no proyectamos nuestro futuro, no podremos ser felices. La felicidad es la realización de un trabajo, en conjunto entre dos o más personas. Y si no, no hay felicidad. El resentimiento y el odio no pueden ser buenos compañeros de vida, tenemos que reconocer los errores propios cometidos en la relación de pareja, parte de responsabilidad tenemos en ese fracaso y estar abiertos a nuevas personas, no porque sea necesario tener pareja para vivir, pero sí es necesario amar a otros para vivir. Vivir acompañado no es un consejo, es la única manera de vivir.

Helena Trujillo
Psicoanalista Grupo Cero