Soy Helena Trujillo, psicoanalista de Grupo Cero. En este blog encontrarás artículos y noticias sobre psicoanálisis, salud y bienestar, cultura, relaciones de pareja, psicología y muchos más temas que te interesan.
miércoles, 1 de junio de 2011
Un poco de crítica a los premios de poesía
jueves, 15 de octubre de 2009
El enfermo imaginario.
La acción, en París, en 1673.
ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
ARGAN, solo en su alcoba y sentado a una mesa, ajusta con guitones las cuentas del boticario. Conversando consigo mismo, platica de este modo:
ESCENA II
ANTONIA (Entrando). - ¡Ya va!
ARGAN. - ¡Ah, perra!
ANTONIA (Fingiendo haberse dado un golpe en la frente).- ¡Malhaya vuestras impaciencias!… De tal modo la aturrulláis a una, que a poco si me dejo los sesos en el quicio de un postigo.
ARGAN (Furioso) -¡Traidora!
ANTONIA (Sin dejar de quejarse Para interrumpirle e impedir que grite). - ¡Ay!
ARGAN. - Hace…
ANTONIA. - ¡Ay!
ARGAN. - ¡Hace una hora…
ANTONIA. - ¡Ay, ay!
ARGAN. - …que me has abandonado!
ANTONIA. - ¡Ay!
ARGAN. - ¡Calla, granuja, y déjame que te reprenda!
ANTONIA. - ¡Eso es!... Encima de lo que me he hecho...
ARGAN.- ¡Tú me has hecho a mi desgañitarme, carroña!
ANTONIA. - Y yo me he roto la cabeza; váyase una cosa por la otra. Estamos en paz.
ARGAN. - ¡Cómo, infame!
ANTONIA. - Si continuáis regañándome, lloro.
ARGAN. - ¡Abandonarme así!
ANTONIA (Insistiendo en su propósito de no dejarle hablar). - ¡Ay, ay, ay!
ARGAN. - ¡Lo que tú pretendes, perra!…
ANTONIA. - ¡Ay, ay!
ARGAN. ¿Pero no he de tener ni la satisfacción de reñirte?
ANTONIA. - ¡Reñid, reñid hasta que os hartéis!
ARGAN. - ¡Si no me dejas, ladrona! ¡Si me interrumpes a cada palabra!
ANTONIA. - Si vos tenéis la satisfacción de reñir, ¿por qué no he de tener yo la de llorar? A cada uno lo suyo ¡Ay, ay!
ARGAN. - ¡Habrá que aguantarse!... Quítame esto, granuja, quítame esto. (Se levanta.) ¿Me ha hecho bastante operación la lavativa?
ANTONIA. - ¿La lavativa?
ARGAN. - Si. ¿He echado mucha bilis?
ANTONIA. - ¡A mí qué me importa! Eso no es cuenta mía; eso se queda para el señor Fleurant. Él es el que debe meter la nariz, ya que es él quien cobra las ganancias.
ARGAN. - Que me tengan preparada una taza de caldo para tomarla con la poción que me toca ahora.
ANTONIA. - ¡Bien se divierten a vuestra costa los señores Fleurant y Purgon! Han encontrado una vaca y la ordeñan a gusto. Quisiera yo saber qué enfermedad es la vuestra, que necesita de tantos remedios.
ARGAN. - ¡Calla, ignorante! ¿Quién eres tú para, criticar las prescripciones de la medicina?. . . Ve a llamar a mi hija Angélica, que tengo que hablarle.
ANTONIA.- Aquí viene. Parece que ha adivinado vuestros deseos.
ESCENA III
ARGAN, ANGÉLICA y ANTONIA
ARGAN. -Acércate, Angélica. Llegas a tiempo, que quiero hablarte.
ANGÉLICA. -Ya os escucho.
ARGAN (Corriendo a sentarse en el bacín). - Aguarda dame el bastón. Vuelvo al instante.
ANTONIA (Riéndose de él). - ¡Corra, corra, señor! ¡Lo que nos da que hacer el señor Fleurant!
ESCENA IV
ANGÉLICA y ANTONIA
ANGÉLICA (Mirándola lánguidamente y en tono confidencial). - ¡Antonia!
ANTONIA. - ¿Qué?
ANGÉLICA. - Mírame.
ANTONIA. -Ya os miro. ¿Qué hay?
ANGÉLICA. - ¡Antonia!
ANTONIA. - ¿Qué hay con tanto Antonia?
ANGÉLICA. - ¿No adivinas de lo que quiero hablarte?
ANTONIA. -Me figuro que será de vuestro pretendiente; hace seis días que no habláis de otra cosa.
ANGÉLICA. -Pues si lo sabes, ¿por qué no te apresuras a hablarme de él y me ahorras la vergüenza de ser yo quien te saque la conversación?
ANTONIA. -Si no me dais tiempo.
ANGÉLICA. -Es verdad. Te confieso que no me cansaría de hablar de él, y aprovecho todas las ocasiones para abrirte mi corazón. Dime, ¿repruebas tú mi enamoramiento?
ANTONIA. - Ya me guardaría.
ANGÉLICA. -¿Hago mal abandonándome a tan deliciosas emociones?
ANTONIA.- ¿Quién dice eso?
ANGÉLICA. -¿Tú crees que yo debiera mostrarme insensible a las ternuras de su pasión?
ANTONIA. -De ningún modo.
ANGÉLICA. - ¿Y no te parece a ti, como a mí, que algo de providencial, algo... dispuesto así por el destino, en la forma imprevista de conocernos?
ANTONIA. - Sí.
ANGÉLICA. -Y el hecho de tomar mi defensa sin conocerme, ¿no es digno de un caballero?
ANTONIA. - Sí.
ANGÉLICA. -De un hombre generoso.
ANTONIA. - Conformes.
ANGÉLICA. -¿Y la gallardía con que lo hizo?
ANTONIA. -Es cierto.
ANGÉLICA. -¿Y es o no un buen mozo?
ANTONIA. -Sí que lo es.
ANGÉLICA. - Arrogante.
ANTONIA. - Sin duda.
ANGÉLICA. - Que en sus palabras, como en sus actos, tiene una distinción.
ANTONIA. - Seguramente.
ANGÉLICA. - ¿Y puede oírse lenguaje más apasionado que el suyo?
ANTONIA. - Es verdad.
ANGÉLICA. - ¿Y hay nada más enojoso que este recluimiento en que me tienen, privada de corresponder a los impulsos de esta mutua pasión, que el cielo nos inspira?
ANTONIA. -Tenéis razón.
ANGÉLICA. -Pero ¿tú crees, Antonia, que me quiere tanto como dice?
ANTONIA. -¡Cualquiera sabe! En cuestión de amores hay que andar siempre con cautela, porque el fingimiento semeja mucho a la verdad. Yo he visto algunos farsantes que lo remedan a maravilla.
ANGÉLICA. - ¿Qué estás diciendo, Antonia? Hablando como él habla, ¿sería posible que mintiera?
ANTONIA. - De todos modos, bien pronto podréis salir de dudas. En la carta de ayer os dice que está decidido a pedir vuestra mano; este es el camino; esa es la prueba más palpable de la veracidad de sus palabras.
ANGÉLICA. -Si me ha engañado, no volveré a creer jamás en ningún hombre.
ANTONIA. -Ya vuelve vuestro padre.
ESCENA V
ARGAN, ANGÉLICA y ANTONIA
ARGAN (Sentándose). -Ahora, hija mía, te voy a dar una noticia que seguramente te tomará de nuevas. Me han pedido tu mano. ¿Qué es eso?... ¿Te ríes? Bien mirado, no puede imaginarse noticia más halagüeña para una joven... ¡Oh, naturaleza! Ya veo bien claro que no tengo para qué preguntarte si te quieres casar.
ANGÉLICA. - Mi único deseo es obedeceros, padre mío.
ARGAN. -Me complace esa sumisión. Hemos ultimado el asunto y ya estás prometida.
ANGÉLICA. -Acataré a ojos cerrados vuestra voluntad, padre mío.
ARGAN. -Tu madrastra pretendía que tú y Luisa, hermana menor, entrarais en un convento. Desde hace tiempo ese era su propósito.
ANTONIA. (Bajo) -¡Su razón tiene la muy bribona!
ARGAN. (Continuando.) -Por lo cual se negaba al ahora a autorizar este matrimonio; pero he logrado reducirla y dar mi palabra.
ANGÉLICA. -¡Cuánto tengo que agradecer a vuestras bondades, padre mío!
ANTONIA. -Seguramente, ésta es la acción más cuerda de vuestra vida.
ARGAN. -Aun no conozco a tu futuro; pero me afirman que quedaré satisfecho y tú también.
ANGÉLICA. -Seguramente, padre mío.
ARGAN. -¿Cómo? ¿Tú le has visto?
ANGÉLICA. -Puesto que vuestro consentimiento me autoriza a abriros mi corazón, no os ocultaré que hace seis días el azar nos puso frente a frente, y que la petición que os han hecho es consecuencia de una inclinación mutua, experimentada desde el primer instante.
ARGAN. -No me habían dicho nada, pero me alegro, porque más vale que sea así. Según parece, se trata de un buen mozo.
ANGÉLICA. -Sí, padre mío.
ARGAN. -Arrogante.
ANGÉLICA. -Sí.
ARGAN. -De aspecto simpático.
ANGÉLICA. -Ya lo creo.
ARGAN. -De fisonomía franca.
ANGÉLICA. -Muy franca.
ARGAN. -Digno y juicioso.
ANGÉLICA. -Precisamente.
ARGAN. -Honrado.
ANGÉLICA. -Como el que más.
ARGAN. -Que habla el latín y el griego a maravilla.
ANGÉLICA. -Eso no lo sabía yo.
ARGAN. -Y que dentro de tres días será recibido de médico.
ANGÉLICA. -¿Médica, padre mío?
ARGAN. -Sí, ¿tampoco lo sabías?
ANGÉLICA. -No. ¿Quién os lo ha dicho?
ARGAN. -El señor Purgon.
ANGÉLICA. -¿Lo conoce el señor Purgon?
ARGAN. -¡Vaya una pregunta! No lo ha de conocer, si es su sobrino.
ANGÉLICA. -¿Cleonte sobrino de Purgon?
ARGAN. -¿Quién es ese Cleonte? Hablamos del joven que ha pedido tu mano.
ANGÉLICA. -¡Claro!
ARGAN. -Que es sobrino del señor Purgon e hijo de su cuñado, el señor Diafoirus, médico también. Ese joven se llama Tomás: Tomás Diafoirus, y no Cleonte. Con él es con quien hemos acordado esta mañana tu boda, entre el señor Purgon, Fleurant y yo. Mañana mismo vendrá el padre a hacer la presentación de tu futuro. Pero ¡qué es eso? ¿Por qué pones esa cara de asombro?
ANGÉLICA. -Porque vos hablabais de una persona y yo me refería a otra.
ANTONIA. -¡Eso es una burla! Teniendo la fortuna que tenéis, ¡seríais capaz de casar a vuestra hija con un médico?
ARGAN. -¿Quién te mete a ti donde no te llaman, imprudente?
ANTONIA. -¡Calma! ¿Por qué no hemos de discutir sin acaloramientos? Hablemos tranquilamente. ¿Qué razones habéis tenido para consentir ese matrimonio?
ARGAN. -La razón de que, encontrándome enfermo -porque yo estoy enfermo-, quiero tener un hijo médico, pariente de médicos, para que entre todos busquen remedios a mi enfermedad. Quiero tener en mi familia el manantial de recursos que me es tan necesario; quien me observe y me recete.
ANTONIA. -Eso es ponerse en razón. Cuando se discute pacíficamente, da gusto. Pero con la mano sobre el corazón, señor, ¿es verdad que estáis enfermo?
ARGAN. -¡Cómo , granuja! ¿Qué si estoy enfermo?… ¿Si estoy malo, insolente?
ANTONIA. -Conforme, señor; estáis malo. No vayamos a pelearnos por eso. Estáis muy malo, lo reconozco; mucho más malo de lo que os podéis figurar, estamos de acuerdo. Pero vuestra hija, al casarse, debe tener un marido para ella, y estando buena y sana, ¿qué necesidad hay de casarla con un médico?
ARGAN. -Si el médico es para mí. Una buena hija debe sentirse dichosa casándose con un hombre que pueda ser útil a la salud de su padre.
ANTONIA. -¿ Me permitís, señor, que os dé un consejo leal?
ARGAN. - ¿Qué consejo es ése?
ANTONIA -No volváis a pensar en ese matrimonio.
ARGAN. -¿Por qué?
ANTONIA. -Porque vuestra hija no consentirá con él.
ARGAN. -¿Que no consentirá?
ANTONIA. -No.
ARGAN. -¿Mi hija?
ANTONIA. -Vuestra hija, que no quiere oír habla del señor Diafoirus, ni de su hijo, ni de ninguno de los Diafoirus que andan por el mundo.
ARGAN. -Pues yo sí. Además, esa boda es un gran partido. El señor Diafoirus no tiene más hijo ni heredero que ese; y el señor Purgon, que es soltero, lega en favor de ese matrimonio sus ocho mil duros de renta.
ANTONIA. -¡La de gente que habrá matado para hacerse tan rico!
ARGAN. -Ocho mil duros de renta es una cantidad muy respetable; y unida al caudal del señor Diafoirus...
ANTONIA. -Sí, sí. Todo eso está muy bien; pero yo insisto, y os lo vuelvo a repetir, en que le busquéis otro marido. No nació vuestra hija para ser la señora de Diafoirus.
ARGAN. -¡Pues yo quiero que lo sea!
ANTONIA. - ¡Bah! ¡No digáis eso!
ARGAN. - ¡Cómo que no lo diga!
ANTONIA. -¡No!
ARGAN. -¿Y por qué no lo he de decir?
ANTONIA. -Porque pensarán que no sabéis lo que os decís.
ARGAN. -¡Que piensen lo que quieran; pero ella ha de cumplir la palabra que yo he dado!
ANTONIA. -Estoy segura que no.
ARGAN. -La obligaré.
ANTONIA. -Será inútil.
ARGAN. -¡Pues se casará o la meteré en un convento!
ANTONIA. -¿Vos?
ARGAN. -¡Yo!
ANTONIA. -¡Bah!
ARGAN. -¿Qué es eso de ¡bah!?
ANTONIA. -Que no la meteréis en ningún convento.
ARGAN. -¿Que no la meteré en un convento?
ANTONIA. -No.
ARGAN. -¿Que no?
ANTONIA. -No.
ARGAN. -¡Esto sí que tiene gracia! De manera que, queriéndolo yo mismo, no meteré a mi hija en un convento.
ANTONIA. -Os digo que no.
ARGAN. -¿Quién me lo iba a impedir?
ANTONIA. -Vos mismo.
ARGAN. -¿Yo?
ANTONIA. -Vos, que no podréis tener tan mal corazón.
ARGAN. -¡Pues lo tendré!
ANTONIA. -¡Esa es grilla!
ARGAN. -¡Yo no hablo en chanza!
ANTONIA. -Os entrará la ternura paternal.
ARGAN. -¡Pues no me entrará!
ANTONIA. -Un par de lagrimitas, echándoos los brazos al cuello, y un "papaíto mío" dicho con requiebro, bastarán para desarmaros.
ARGAN. -Todo eso será inútil.
ANTONIA. -¿A que no?
ARGAN. -Te repito que no desistiré por nada.
ANTONIA. -¡Pamplinas!
ARGAN. -¡No me digas pamplinas!
ANTONIA. -Os conozco, señor, y sé que sos bueno por naturaleza.
ARGAN (Indignado.) - ¡Yo no soy bueno, y seré malo, cuando me dé la gana!
ANTONIA. -No os encolericéis, señor. Acordaos de que estáis enfermo.
ARGAN. -Le ordeno, terminantemente, que se disponga a casarse con quien yo le diga.
ANTONIA. -Pues yo le prohibo en absoluto que lo haga.
ARGAN. -Pero, ¿en qué país vivimos? ¿Qué audacia es ésta de atreverse una pícara de sirvienta a hablar de ese modo a su amo?
ANTONIA. -Cuando un amo no sabe lo que hace, una sirvienta con juicio tiene derecho a enmendarle la plana.
ARGAN (Lanzándose sobre ella.) -¡Te voy a apabullar por insolente!
ANTONIA (Huyendo.) -¡Tengo la obligación de impedir que mis señores se deshonren!
ARGAN (Iracundo, enarbola el bastón y corre tras ella, que se escuda rodeando el sillón.) ¡Ven, ven, que yo te enseñaré a hablar!
ANTONIA (Dando vueltas alrededor del sillón.) -¡Me interesa que no hagáis locuras!
ARGAN (Siempre tras ella.) -¡Perra!
ANTONIA. -No consentiré jamás en ese matrimonio.
ARGAN. -¡Trapacera!
ANTONIA. -No quiero que sea la mujer de ese Tomás Diafoirus.
ARGAN. -¡Carroña!
ANTONIA. -Y ella me hará más caso a mí que a vos.
ARGAN. -¡Angélica, sujétame a esa pícara!
ANGÉLICA. -¡Vamos, padre, que os vais a poner malo!
ARGAN. -¡Si no la sujetas te maldigo!
ANTONIA. -Y yo, si os obedece, la desheredo.
ARGAN (Dejándose caer en un sillón, rendido de correr tras ella.) -¡Ay, no puedo más!... ¡Esto me costará la vida!
ESCENA VI
BELISA, ANGÉLICA, ANTONIA y ARGAN
ARGAN. -¡Ay, esposa mía, acércate!
BELISA. -¿Qué tienes, pobrecito mío?
ARGAN. -¡Socórreme!
BELISA. -¿Qué es eso? ¿Qué es lo que te pasa, hijito mío?
ARGAN. -¡Chacha mía!
BELISA. -Querido.
ARGAN. -Me han encolerizado.
BELISA. -¿De veras, maridín mío? ¿Y cómo ha sido eso, tesoro?
ARGAN. -¡Esa pillastre de Antonia, que cada día es más insolente!
BELISA. -No te excites.
ARGAN. -¡Me ha enrabiado, chachina!
BELISA. -Calma, hijo mío.
ARGAN. -Hace una hora que me lleva la contraria en todos mis propósitos.
BELISA. -Vamos, vamos, cálmate.
ARGAN. -¡Y ha tenido la avilantez de decirme no estoy enfermo!
BELISA. -¡Qué impertinencia!
ARGAN. -Ya la Conoces, corazón mío.
BELISA. -Sí, entrañas; ha hecho muy mal.
ARGAN. -Esa pícara será la causa de mi muerte, amor mío.
BELISA. -¡Bah, bah!
ARGAN. -¡Por Su culpa tengo siempre el saco de la bilis rebosando!
BELISA. -No te enfurezcas de ese modo.
ARGAN. -Hace no sé el tiempo que te repito que le des la cuenta.
BELISA. -Por Dios, hijo mío; no hay sirviente que no tenga defectos, y muchas veces hay que soportarles lo malo en gracia de lo bueno. Esta es hábil, cuidadosa, diligente y, sobre todo, fiel. Ya sabes cuántas precauciones hay que tomar antes de admitir gente nueva. ¡Antonia!
ANTONIA. -Señora.
BELISA. -¿Por qué enojas a mi marido?
ANTONIA (Con acento dulce.) -¿Yo, señora? No me explico lo que decís, porque no vive una más que para dar gusto, en todo al señor.
ARGAN. -¡La muy traidora!
ANTONIA. -Me decía que quiere casar a su hija con el hijo del señor Diafoirus, y yo le contestaba que el partido es excelente; pero que me parecía mejor que la metiera en un convento.
BELISA. -No hay motivos para que te enfades por eso; me parece que tiene razón.
ARGAN. -¡No la creas, amor mío! ¡Es una malvada, que acaba de decirme mil insolencias!
BELISA. -Te creo, amigo mío... Vamos, siéntate. Escucha, Antonia: si vuelves a enojar a mi marido, te planto en la calle... Tráeme su capotón enguatado y las almohadas, que voy a acomodarle en su sillón... Estás no sé cómo. Toma; encasquétate bien el gorro hasta las orejas, que no hay nada que acatarre tanto como el aire en los oídos.
ARGAN. -¡Cuánto tengo que agradecerte, chacha mía, por los cuidados que te tomas conmigo!
BELISA. -(Acomodándole las almohadas.) -Levanta un poco que te remeta bien. Una a cada lado, otra en la espalda y otra para que reclines la cabeza.
ANTONIA. -(Dándole un almohadazo en la cabeza y escapando.) -Y ésta, para resguardaros del relente.
ARGAN. -(Levantándose iracundo y tirándole todas las almohadas a Antonia.) -¡Quieres asfixiarme, bribona!
BELISA. -¿Qué es eso? ¿Qué ocurre ahora?
ARGAN (Muy abatido, dejándose caer en el sillón.) -¡Ay, ay! ... ¡No puedo más!
BELISA. -¿ Por qué te exaltas de ese modo? Seguramente no ha tenido intención de molestarte.
ARGAN. -Tú no conoces, amor mío, las truhanerías de esa malvada. . . Ha logrado sacarme de quicio, y tendré que tomar lo menos ocho medicamentos y doce lavativas para reponerme.
BELISA. -Vamos, vamos, chiquito; sosiégate un poco.
ARGAN. -Tú eres mi único consuelo, vida mía.
BELISA. -¡Pobre hijito mío!
ARGAN. -Para recompensar tanta amorosa solicitud, ya te he dicho, corazón mío, que deseo hacer testamentó.
BELISA. -¡Ay, querido mío; te ruego que no haeblemos de eso! De tal modo me horroriza esa idea, que la sola palabra testamento me hace estremecer de angustia.
ARGAN. -Te dije que avisaras a tu notario.
BELISA. -Vino conmigo, y ahí aguarda.
ARGAN. -Hazle entrar, amor mío.
BELISA. -¡Ay! Cuando se ama de verdad a un marido, no se puede pensar en estas cosas.
ESCENA VII
EL NOTARIO, BELISA y ARGAN
ARGAN. -Adelante, señor Bonafé. Acercaos y tomad asiento, si os place... Informado por mi mujer de vuestra honorabilidad y de la buena amistad que le profesáis, le encargué que os hablara de cierto testamento que quiero hacer.
BELISA. -¡Yo no soy capaz de hablar de eso!
EL NOTARIO. -La señora ya me ha puesto al corriente de vuestras intenciones y de los propósitos que os animan respecto a ella; pero mi deber es advertiros de que no podéis dejarle nada en testamento.
ARGAN. -¿Y por qué?
EL NOTARIO. -Porque la costumbre se opone. Si estuviéramos en un país de leyes escritas podría hacerse; pero en París, como en casi todos los países rutinarios, donde la costumbre hace ley, es imposible; la disposición sería nula. Todos los anticipos que puedan hacerse entre un hombre y una mujer, coyundados por legítimo matrimonio, se consideran como mutuas dádivas hechas en vida; pero, aun en este caso, es condición precisa que no haya hijos de por medio, ya sean de los cónyuges o de uno de ellos habido en matrimonio anterior.
ARGAN. -¡Pues es una costumbre de verdad cargante que un marido no pueda dejar nada a una esposa que lo ama tiernamente y que se desvive en atenciones! Quisiera consultar a mi abogado para ver qué solución me da.
EL NOTARIO. -¡Dejaos de abogados, que suelen ser gentes meticulosas y que consideran como un crimen el testar contrariamente a lo instituído! Todo se les vuelve dificultades e ignoran los recovecos de la conciencia. Hay otras personas a quienes consultar que son más acomodaticias, que tienen expedientes para deslizarse bordeando la ley y dándole validez a lo que no se considera como lícito; gentes que saben allanar dificultades y encuentran medios de eludir la costumbre por cualquier procedimiento indirecto. Si no se pudiera hacer esto, ¿dónde iríamos a parar? Es preciso dar facilidades; de otro modo no haríamos nada y habría que dejar el oficio.
ARGAN. -Mi mujer me había dicho, señor, que erais hombre hábil y muy docto. Decidme qué es lo que puedo hacer para dejarle a ella mis bienes, saltando por encima de los derechos de mis hijos.
EL NOTARIO. -¿Qué podéis hacer?... Pues elegir, sigilosamente, entre los amigos de vuestra esposa y dejar a uno de ellos, cumpliendo con todos los requisitos legales, una parte de vuestra fortuna; este amigo, más tarde, hará entrega del legado a la señora. Podéis también contraer un número considerable de deudas y atenciones, no sospechosas, en favor de unos fingidos acreedores, que darán sus nombres por complacer a vuestra esposa, y a la cual harán entrega de un documento privado declarando este extremo. Podéis, por último, entregarle en vida cantidades en metálico o en valores al portador.
BELISA. -Dios mío, no te atormentes por esto. Si tú llegaras a faltarme, hijo mío, yo no podría seguir en el mundo.
ARGAN. -¡Vida mía!
BELISA. -Sí, querido; si tengo la desgracia de perderte...
ARGAN. -¡Querida esposa!
BELISA. -La vida no tendrá ya para mí ningún interés.
ARGAN. -¡Amor mío!
BELISA. -Seguiría tus pasos para hacerte ver toda mi ternura.
ARGAN. -¡Me partes el corazón, chacha mía! ... ¡Cálmate, te lo suplico!
EL NOTARIO. -Vuestras lágrimas son extemporáneas; no hemos llegado aún a esos extremos.
ARGAN. -Si notario, mi mayor pesadumbre será el no haber tenido un hijo tuyo. Purgon me ofreció que él me haría tener uno.
EL NOTARIO. -Aún pudiera ocurrir.
ARGAN. -Es preciso hacer ese testamento, amor mío, en la forma que nos ha indicado el señor; pero, por precaución, quiero entregarte veinte mil francos en oro, que tengo escondidos en mi alcoba, y dos letras aceptadas, una por Damon y otra por Gerante.
BELISA. -No, no; no tomaré nada... ¿Cuánto dices que tienes en la alcoba?
ARGAN. -Veinte mil francos, amor mío.
BELISA. -No hablemos de intereses, te lo ruego ... Y ¿ de cuánto son las letras?
ARGAN. -Una de cuatro mil francos y otra de seis mil.
BELISA. -Todos los bienes de este mundo no valen lo que tú.
EL NOTARIO. -¿Procedemos a redactar el testamento?
ARGAN. -Sí, señor. Pero mejor será que nos vayamos a mi despacho. ¿Quieres ayudarme, amor mío?
BELISA. -Vamos, hijito.
ESCENA VIII
ANGÉLICA Y ANTONIA
ANTONIA. -Están con un notario y les he oído hablar de testamento. Vuestra madrastra no se duerme; seguramente ha urdido alguna maquinación contra vuestros dineros y ha complicado en ella a vuestro padre.
ANGÉLICA. -Que disponga de todos sus bienes como quiera, con tal que no disponga de mi corazón. Ya has visto las violencias que le amenazan; no me abandones, en este trance, por Dios te lo pido.
ANTONIA .-¿Abandonaros yo? Antes la muerte. Vuestra madrastra me ha honrado haciéndome su confidente e interesándome en sus manejos; pero yo, que no le tengo el menor apego, trabajaré por cuenta vuestra. Dejadme hacer a mí, que he de recurrir a todo por serviros; y, para poder hacerlo con más eficacia, cambiaré de puntería, ocultando el interés que tengo por vos y fingiendo ponerme de parte de vuestro padre y de vuestra madrastra.
ANGÉLICA. -Procura poner del matrimonio que han acordado.
ANTONIA. -No tengo más persona de quién echar mano que del viejo usurero Polichinela, mi pretendiente; me bastarán cuatro palabras tiernas, que emplearé a gusto para serviros. Hoy, ya es tarde; pero mañana, muy temprano, le mandaré llamar y se volverá loco de...
BELISA. -¡Antonia!
ANTONIA. -Me llaman. Buenas noches, y confiad en mí.
(La decoración cambia, representando ahora una calle.
FIN DEL PRIMER ACTO
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Taller escritura 30 de Septiembre. Historias de Monstruos
HISTORIAS DE MONSTRUOS
A la secta herética de los ismaelitas, en el siglo xi, co rrespondió el "honor" (o la felonía) de acuñar la pala bra asesino, nombre que derivó del hashish o haxix, droga extraída del opio que se administraban sus inte grantes, como lo da a entender Marco Polo (Líber milionis, XXXI). Entre las víctimas de esta secta, se ha llan Conrado, rey de Jerusalén, Abdul Jorasat el Inma culado, Malabel el Silencioso, Raimundo de Trípoli, dos califas de Bagdad, el Gran Visir de Egipto, un Sha de Persia y otros prohombres del medioevo. Su jefe se lla mó Aloadín, o sencillamente el Viejo de la Montaña, como lo menciona el aventurero veneciano. Pero su nombre verdadero es posible que fuera el de Hasan Ibn Al Sabbah, según anotan J. B. Nicolás (Les quartains de Kheyarn, 1867) y el erudito cordobés José E. Guráieb. (Este último nos dice, en la Introducción a las Nuevas Rubaiyát, 1959, que "Ese Hasan Ibn Sabbah, fue aquel famoso Caudillo de la Montaña, llamado erró neamente por el Viejo de la Montaña, o "Cheik Al Yabal", jefe de la secta de los ismaelitas").
Aloadín (digámoslo así para abreviar) ejercía, como jefe de la secta, funciones de califa. Había sido condis cípulo de Omar Al Jayyam y Nizam Al Mulk, en Nisapur, donde los tres estudiaban el Qorán, según constancias de este último en la Wasíah que escribió para celebrar los acontecimientos más memorables de su vida. El fue el primero que testimonió sobre el carácter de Aloadín: un hombre pendenciero e intrigante, contra el cual debió luchar a pesar de haberlo protegido siendo visir. Conspiró, por tanto, contra Nizam Al Mulk, y al ser descu bierto por éste, Aloadín se refugió en la fortaleza de Alamut, en Rudbar, sobre las montañas cercanas al mar Caspio. De ahí la denominación impropia de Viejo de la Montaña.
En esa fortaleza enclavada en un valle de difícil acce so, Aloadín tenía un paraíso terrenal, donde sus iniciados muchachos de 12 años, se drogaban con el hashish que él ofrecía mientras impartía su enseñanza. "Matar a un malvado –decía– es una bendición de los cielos, porque ellos, los malvados, están en la tierra para usurpar el derecho de los seres bondadosos". (Acaso fue ésta la primera norma sobre el regicidio que Maquiavelo y el Padre Mariana habrían de exaltar siglos después). Cuan do los heréticos estaban ebrios por el opio, Aloadín in troducía un conjunto de falsas huríes, muchachas no menos jóvenes que los iniciados, y comenzaba una dan za fascinante, mientras las cañerías del palacio-fortaleza, suministraban miel y vino (Liber, XXXI; Ibn Al Levy, II, 21). Los goces terrenales del Alamut, eran semejantes al paraíso de Mahoma. Después, Aloadín les mostraba los muros del palacio, con murales excitantes, donde la desnudez y los alimentos se concretaban en un sueño in saciable. En uno de estos muros, el que daba hacia el valle y sus jardines diabólicos, había una inscripción del poeta persa Abulkasim Firdusí (Libro de los reyes, c. IV), que decía:
Todas las noches su cocinero [el de Zohak] ma taba a dos jóvenes y les extraía los sesos con los que luego cocinaba un alimento para las serpientes del monarca.
Cuando los heréticos, también llamados hashashin o asesinos (Baudelaire refuerza el concepto en Le poéme du haschisch, II), regresaban del efecto del hashish y se hallaban entristecidos por haber perdido las visiones del paraíso, resolvían la eliminación del enemigo más próximo de Aloadín. Era el único recurso para volver a los goces terrenales y a las delicias de los jardines dia bólicos. Entonces echaban la suerte, y el elegido salía del Alamut para confundirse, disfrazado, entre aquellos donde el sentenciado por Aloadín, habría de perecer. A la vuelta del asesino, cumplida la misión, el paraíso vol vía a concretarse, y el héroe imponía su voluntad al juego de las huríes. Era un privilegio que duraba 24 ho ras. Después, en otro ciclo semejante, se resolvía el próximo asesinato.
Fue tan temido el Caudillo de la Montaña, que no hu bo príncipe que no buscara su protección. Conocían su ira y el efecto de su fanatismo. Pero su imperio fue sofocado por la deserción de El-Haddar, uno de los ashashin. Denostado por Aloadín, huyó un día de la forta leza y se unió a las huestes de Hulagu. Éste lo recibió con desconfianza. Su relato fue tan verídico y atroz, tan detallado, que el gran guerrero acabó por admitir la sinceridad del desertor. Hulagu llevó a sus hombres ha cia el Alamut y le intimó la rendición al Gran Asesino. Éste desoyó las amenazas, y el guerrero estableció un cerco que duró tres años, al cabo de los cuales casi todos los defensores del Alamut perecieron por hambre. Entonces Hulagu ordenó la embestida final, y la fortaleza fue destruida en 1135. (Ibn Al Levy, II, 23, dice en 1265). Cuando el libertador entró en el reducto de Aloadín, éste, asesinado por su propia mano (autoasesinado) yacía con un puñal que le atravesaba la yugular. Se supone que quiso morir lentamente, ocho siglos antes de que Krafft-Ebing acuñara la palabra infamante ex traída del nombre de Sacher-Masoch.
Es posible que esta historia no sea original. No re cuerdo si la leí o si acaso la concebí. Sólo puedo asegurar que no tiene semejanza con ese relato anónimo de la History of the Black Door, del siglo xvh, en el cual el protagonista le pide al Innominado el secreto para des truir el mundo. El blasfemo quedó fulminado. El Inno minado apenas había esbozado una sonrisa. El indicio de un posible rictus.
En esta historia se invierten groseramente las actua ciones. El Innominado dialoga y hasta se muestra inte resado por el protagonista. (Los griegos habrían dicho el agonista). Cuando llega Cun-Tai-Go le sonríe, pero el futuro blasfemo no queda fulminado.
–Sé que eres un hombre sabio –le dice el Innomina do–. Pero no puedo quebrantar la ley. Todos nacen con un número determinado de palabras, cuyo guarismo invisible queda impreso en el paladar. Pronunciada la última palabra, el ser queda vaciado de su número vital y perece.
–Tú has impreso –responde Cun-Tai-Go– distintos guarismos. Algunos mueren al primer día de nacidos porque sólo has puesto en su paladar un número insufi ciente de palabras. Otros, en plena juventud. Y algunos que no necesitan vivir porque no tienen nada que realizar, prolongan injustamente por años y años su vejez, su inútil permanencia en el mundo. Creo que eres injusto.
–¿Y qué es lo que te preocupa, Cun-Tai-Go, para mo dificar el número de palabras impreso en tu paladar?
–Sé que me faltan mil palabras y que después moriré.
Por eso vine a pedirte mil más para terminar un libro imperecedero. Las palabras que me das las he de ahorrar para decir lo necesario en mi vida vegetativa mientras me encierro para dar fin a la obra.
El Innominado pensó que se le pedía muy poco (mil palabras, acaso un instante). Y al pensarlo el Innominado, Cun-Tai-Go sintió que su paladar se llenaba de fuego. Sus ojos, de nuevas visiones.
El hombre sabio llegó a su casa. Pero tres días después regresó al recinto del Innominado. Estaba desorbitado, enloquecido. Más desnudo que el primer día. –¿A qué has venido, Cun-Tai-Go? –Mi paladar se está secando. El número de palabras que le has impreso está llegando a su fin y necesito, para terminar mi obra, que se concedan mil y una palabras más.
El Innominado observó esa ruina que declinaba verti ginosamente. Quebrantó la ley por segunda vez, y Cun-Tai-Go sintió que su cuerpo era un signo de sangre que ardía en el espacio. Entonces, con las mil y una palabras puso fin a su obra. Y cuando aquéllas se agotaron, que dó con los ojos rígidos. Nadie le oyó morir. Sólo el es pacio. Acaso el aire desleído que bajaba de una zona nocturna bordada absurdamente por la luz de las ga laxias.
Cuando Cun-Tai-Go compareció al juicio, el Innomi nado quiso saber por qué había pedido primero mil pa labras y después mil y una.
Cun-Tai-Go, arrodillado, murmuró:
–Escribí un libro sobre tu naturaleza enigmática. Las primeras mil palabras me sirvieron para demostrar tu dimensión imprevisible. Las mil que siguieron, refir maron tu ceguera y tu arbitrariedad. La última palabra que seguía a la número 1000 sólo contenía una voz: Perdón, porque sé que mi blasfemia necesitaba de tu magnanimidad y que al fin me perdonarías para justificar tu incon sistencia.
Así terminó la historia del blasfemo. Pero en un se gundo avatar otro blasfemo sostuvo que Cun-Tai-Go fue el primer ángel de la rebelión, y que enfurecido el Inno minado, aquél fue arrojado al infierno en el que después gobernó como Señor de las Tinieblas. Porque Cun-Tai-Go son tres palabras simbólicas que significan:
El-Que-Reina-Después-De-La-Luz-En
La-Luz-En-La-Profundidad-Inquebrantable-Del-Caos.
Podría volver a contar lo que Fray Benito Jerónimo Feijóo nos dijo acerca de los nueve libros de la Sibila de Cumas en un texto escrito hacia 1712 con el título de Ma gia y leyenda, que luego modificó cuando redactaba sus Carta eruditas. Pero pensándolo bien, conviene transcri birlo como prueba irrefragable, aligerando levemente su estilo, el más directo y descriptivo del siglo XVIII. He aquí la constancia:
La historia romana cuenta que habiendo llegado a Ro ma la Sibila de Cumas, en tiempos de Tarquino el Sober bio, aquélla le presentó nueve libros, y pidió por ellos trescientos escudos. El príncipe se burló por parecerle excesivo el precio, y la Sibila quemó tres, y por los seis restantes pidió la misma cantidad; despreciando Tarquino nuevamente tan extravagante demanda, quemó otros tres, insistiendo en que por los tres que quedaban le diese la misma suma, y amenazando con arrojarlos al fuego co mo los demás en caso de ofrecerle menor precio. En fin: concibiendo el príncipe, en tan extraña resolución, algún alto misterio, dio los trescientos escudos por los tres libros que, como cosa sagrada, colocó bajo la custodia de dos patricios en el Capitolio1 , y estos libros eran consultados por los romanos cuando la República se veía ante algún peligro; hasta que incendiándose el Capitolio en tiempos de Sila, ochenta y tres años antes del nacimiento de Cris to, tuvieron los tres libros la misma desgracia que los otros seis.
Lo que no nos dice Fray Benito Jerónimo Feijóo es que, en realidad, uno de los tres libros que habían que dado, se salvó del incendio. Era el último (y lo refiere Ajlajarilbj en el siglo XVII). Abierto por Sila, el libro só lo contenía estas líneas:
La escritura fue inventada para que los hombres perdieran la memoria.
1 Estos dos patricios o sacerdotes, los duumviri sacris faciendis (que Feijóo no nos cuenta por olvido o por no creerlo necesario) fueron aumentados a diez, los decemviri, en el año 367 a. J. C. Posteriormente, a quince, los quindecemviri, por decreto de Sila.
LOS PECES QUE ENGENDRABAN HOMBRES
En el siglo xvi circularon en Europa algunos libros he réticos, cuyos posibles autores perecieron en la hoguera. De uno de ellos, L´origine de la magie (1583), (redactor no precisado todavía), se extrajo una fábula que aterro rizó a los inquisidores. Según este relato, sólo las aguas y los peces existieron en el origen de la vida. Pero los peces eran de distintos tamaños, y su dimensión po sibilitaba una inteligencia peculiar que faltaba en los más pequeños, condenados, a su vez, a ser el alimento de los otros. Uno de esos grandes peces, llamado Incitant (in citante, promovedor de vida) de enormes aletas, voló un día hacia la superficie terrestre y arrojó su semen desa prensivamente. La parcela en que cayó el líquido se cu brió de una extraña tonalidad ambarina, y a los pocos meses un ser alongado y virtuoso comenzó a saltar sobre las piedras hasta que le crecieron alas en vez de aletas. Este ser alongado fue el primer pájaro que cruzó la at mósfera del planeta. Se alimentó de hierbas y gusanos y buscó refugio en las grutas cuando la altura lo cansaba.
La fábula no se detiene ahí. Relata las peripecias ul teriores del "hijo" alado de Incitant y concluye en la apertura hacia una ontogenia en cuyo origen los pájaros habían iniciado la vida humana.
No se sabe si esa fábula influyó o no en el religioso Lucilio Vanni, quien apenas vivió 35 años. Pero se co noce su historia de sabio inconformista dedicado a los estudios esotéricos. Fue el autor de una hipótesis demo ledora según la cual el semen de los peces podía en gendrar seres dotados de inteligencia, El primer hombre habría sido el producto del líquido espermático derra mado por un pájaro divino, llegado de otro mundo. La respuesta de los Tribunales Inquisitoriales advino rápi damente. Lucilio Vanni fue encarcelado y condenado a muerte en el patíbulo. Lo ejecutaron en Tolosa, en 1619, arrancándole la lengua con una tenaza y estrangulándolo a continuación para que nunca más pensara ni repitiera esa "tremenda herejía".
Un siglo después, en 1748, se publicó el Telliamed, de Benoit de Maillet, que vivió entre 1656 y 1738. El libro había sido escrito en 1724. Pero el autor que co nocía a sus contemporáneos y sabía cuál era la dimen sión asombrosa de sus teorías, prefirió el anonimato al enfrentamiento de la ira. La tesis que desarrollaba te nía conexiones con la leyenda y las ideas del religioso cercenado y estrangulado en Tolosa. El también afir maba en el Telliamed que en el origen de la vida los peces voladores habían engendrado a los pájaros. No reconocía ningún poder divino. Sólo el poder del semen de los peces, caído en una tierra virgen donde ya se habían, dado todas las posibilidades de la germinación. No sabemos qué habría sucedido si Benoit de Maillet hubiera sobrevivido a la publicación de su libro. Los sabios del siglo xx lo habrían recibido con una sonrisa, Pero esto no le quita ninguna importancia. La historia de la ciencia es la historia de la libertad de pensamiento.
El 6 de agosto de 1888 comienza la historia criminal más desconcertante del Londres de fin de siglo. Es una historia con su ciudad de maldita: el distrito de Whitechapel, con sus calles obscuras, sus casas miserables, sus prostitutas, el hampa agazapada, a la espera del primer desconocido. Transitar entonces por Whitechapel era aventurarse en la ciudad de Dite, descrita en el Infierno del Alighieri. Sólo tenían cabida el azar y los impulsos demoníacos.
Ese día, 6 de agosto, alguien, no importa quien, des cubre el cadáver de una mujer que todos conocían en Whitechapel. Era una prostituta, Emma Smith, que solía recorrer sus callejuelas tenebrosas adivinando miradas. Estaba degollada de oreja a oreja, y su vientre seccionado verticalmente desde el ombligo hacia abajo. Al lado de ella, de sus trenzas revueltas, sobre el pavimento de la maldita callejuela, se hallaban los intestinos, manoseados y dispuestos como un símbolo sinusoidal. Detrás de este dibujo macabro aparecían unas huellas de sangre que se perdían en una acequia. Ahora hubiéramos dicho que un ser incorpóreo, fantasmal, había cometido un crimen para desaparecer en el líquido turbio de una ciénaga que comunicaba con el más allá. El criminal se había diluido como si la acequia lo hubiera devorado.
Examinado el cadáver por la policía, se advirtió en se guida que le faltaba una oreja. Se pensó por un instante que podía tratarse de una muerte por libídine seguida de antropofagia. Krafft-Ebing ya la había descrito en su Psychopathia sexualis (c. VIII). Pero no se trataba de esto, porque al día siguiente, entre la correspondencia anónima del correo, apareció una cajita con destino a Scotland Yard. En el interior de ella, envuelta en papel de seda, el criminal había colocado la oreja que le faltaba al cadáver de la Smith. Asesinato y desafío que comenzó a inquietar a todo Londres. Las características del hecho probaban ya que el desconocido manejaba el bisturí y te nía excesivos conocimientos de anatomía. Probaba, in clusive, que una vez degollada y destripada la víctima, el asesino se había recreado con los intestinos hasta dispo nerlos sobre el pavimento como si buscara un ordena miento determinado. Por último, con el envío de la oreja a Scotland Yard, habría que pensar en un humorista macabro. (Probablemente es el padre de ese humor negro que luego exaltarían los surrealistas encabezados por André Bretón).
El envío de la oreja, por otra parte, incluía un desa fío a continuar. El reto de las tinieblas contra la policía.
El segundo crimen acaeció en el mismo mes: el 31 de agosto de 1888. La víctima fue Martha Traban, una prostituta de 35 años, de larga cabellera rubia y ojos azules. Degollada y destripada. Y también en White chapel, a poco trecho del lugar en que había sucumbido la Smith. Pero esta vez los intestinos no habían sido ordenados simbólicamente. Estaban desparramados. Tampoco faltaba una oreja. El desconocido había extir pado un riñon como si hubiera trabajado sobre una mesa de operaciones.
Londres comenzó a temblar. Las puertas y ventanas comenzaron a cerrarse muy temprano. Las calles se vol vieron solitarias. Alguna vez, en la neblina densa y de letérea sólo se oía el ritmo de unos cascos que avanzaban hacia el misterio. Después se supo de la humorada ma cabra del asesino. De la reiteración obsesiva. Éste ha bía enviado el riñon a la policía en otra cajita similar a la primera. Scotland Yard quedó escarnecida. Todo Londres se convirtió en una protesta contra su imbatible cuerpo de seguridad. Conan Doyle, que un año antes había creado a Sherlock Holmes en su A Study in Scarlei (1887), sintió lástima por los investigadores de Lon dres.
El 8 de setiembre se reanudó la serie sangrienta. La víctima, otra muchacha que vendía su cuerpo al pri mero que pasara, se llamaba Mary Anne Nichols. Mu rió de la misma manera que las anteriores, con las vísceras sobre el suelo o estampadas sobre las viejas pa redes de Whitechapel. Pero hora aconteció una variante totalmente nueva. El asesino se retiró con una parte de las vísceras. Posiblemente para conservarla y recrearse con su contemplación, como lo hicieron mucho antes, en la historia del crimen, Gilles de Rays y el Asesino de la Medianoche que aterrorizaba en Notting Hill. O bien aquel otro que se llamó Vicenzo Vernezi, tan estudiado por Lombroso (L'huomo delinquenti, II, 168 y ss.), el cual se llevaba la ropa y las vísceras de la víctima para palparlas secretamente.
La cuarta prostituta asesinada fue hallada el 30 de se tiembre en Hamburry Street. Se llamaba Annie Chapmann, acaso un nombre falso para ocultar la miseria y el delito. Y a ésta también le faltaba un riñon que tam poco fue a Scotland Yard. El asesino se había vuelto coleccionista (un coleccionista infernal para otros de monios del más allá). O bien se había desayunado con esa parte del cuerpo humano. Es una hipótesis posi blemente humorística que hubiera entusiasmado a Thomas de Quincey cuya definición del delito (On murder considered as one of the fine arts, I, II) no deja de tener una idea obsesiva sobre la importancia de la bolsa como instrumento para la conservación y el desayuno. Y como hipótesis no era una mera suposición, sino algo terminante, incuestionable. El asesino había cometido el crimen entre la medianoche y la madrugada. La antropofagia pudo haber sido estimulada por la hora, en un amanecer neblinoso, lleno de signos imprevisibles. Aho ra, sin embargo, hay un hecho insólito. Sobre la pared, a poco trecho del cadáver, escrito con tiza (la letra es impecable), hay un mensaje que incluye un desafío a todas las policías del mundo:
Esta es la cuarta y mataré muchas más antes de
desaparecer.
El asesino, insistiendo en su desafío a Scotland Yard se autodenomina para mayor escarnio. Ahora es sencilla mente Jack el Destripador.
Y el Destripador se burla de las reglas. Y también del Comité de Vigilancia, formado ante la indignación de la reina Victoria y la impotencia del jefe de policía Sir Charles Warren. En los primeros días de octubre, en una plaza, al oeste de Whitechapel, da cuenta de la quinta prostituta, Catherin Eddowers. Ahora, en un nuevo alarde de disección, le extrae los ovarios. (Cien años después un argentino recluido en Sierra Chica, realizará idéntico trabajo de los ovarios, "cazando" mu jeres en la Pampa). El 9 de octubre, en Berner Street, siempre al filo de la medianoche, fue hallado el cadáver de Elizabeth Stride. Era la sexta prostituta. La séptima fue una muchacha de 20 años, asesinada en Dorset Street 26, en la misma casa en que recibía a su clientela. Se llamaba Mary Jane Kelly, y tenía fama de mujer her mosa. El Times, en una transcripción de Alan Hynd (Sleuths, Slayers and Swinclers, 1954) decía:
La infeliz estaba echada de espaldas sobre la ca ma, totalmente despojada de sus ropas. Tenía la garganta seccionada de oreja a oreja, pero éstas y la nariz habían sido arrancadas par el asesino. Lo mismo sucedía con los pechos, colocados a su vez, en una mesita. El estómago y el abdomen estaban abiertos. El rostro mutilado, irreconocible en sus rasgos. Los riñones y el corazón, extirpados y pues tos en la. mesita, junto a los pechos. El hígado, tam bién extirpado, sobre el muslo derecho. El útero había desaparecido. Los muslos, por último, es taban lastimados. No puede imaginarse una visión más espantosa.
El asesinato de la Kelly fue el único hecho del mons truo en un lugar cerrado. Y acaeció cuando el Comité de Vigilancia había reforzado sus cuadros. Indudablemente, Jack el Destripador seguía puntualmente las reacciones de sus crímenes. Al advertir que las calles de Londres estaban vigiladas, optó por cambiar de tác tica. Inclusive la que iba a ser su víctima creyó que estaba protegida esperando a la clientela en su propia casa. Aquí termina o se interrumpe la historia de Jack el Destripador. Y es aquí donde comienza otra historia memorable que me propongo relatar.
