Mostrando entradas con la etiqueta malaga. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta malaga. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de noviembre de 2014

El estrés en los profesionales de la educación


ESTRÉS EN LOS PROFESIONALES DE LA EDUCACIÓN
Jornadas sobre calidad educativa organizadas por CSI-CSIF
Málaga,  6 de Noviembre de 2014
Helena Trujillo, Psicoanalista de Grupo Cero

Calidad, educación, futuro. Una psicoanalista convocada para hablar de aquello tan distante nuestros tiempos y, sin embargo, no puede ser otro el objetivo del progreso. Hablar de estrés en los profesionales de la educación a profesionales de la educación es venir a molestarles o, al menos, aceptar que habrá algunos que no podrán o no querrán dar cuenta de mis palabras, sordera psíquica frente a aquello que habla de lo que nos determina, el deseo inconsciente.
Si dependiera de nosotros, ahora, lo cambiaríamos todo, el propio sistema, pero podemos estar seguros de que fracasaríamos. Nunca se producen las cosas uno espera. Los errores se repiten, son productos de la ideología dominante, sometimiento donde se niega el propio cambio de ideología en su afán de perpetuación. En lugar de premiar el trabajo se premia el sometimiento. Errores entonces, que no cometen en exclusiva las administraciones, que no comenten en exclusiva las universidades, ni los centros educativos, ni los profesores. Responden a los síntomas de la sociedad moderna, la negación del verdadero avance en la salud y la educación del último siglo, la Teoría Psicoanalítica, que ya demostró que la conciencia, los sentidos nos engañan, nos determina el deseo inconsciente, deseo del que sólo podremos dar cuenta a través de la interpretación. Aquello que habla de nosotros no está en nosotros, es una construcción. Aquél sujeto que pretendemos ser o al que pretendemos educar, no está hecho, no es, es una producción social, movimiento económico y libidinal.
Llegamos ya a la salud, porque estamos hablamos de educación, pero hay que remitirse a la salud. El estrés, la presión, la impotencia que padecen muchos profesores hoy en día, convierten el trabajo en tortura, producto perfecto de la perversión de la sociedad capitalista. Dice el poeta “En una sociedad justa el trabajo es un don, pero no vivimos en sociedades justas.” Así es, no vivimos en sociedades justas donde se tenga en cuenta al trabajador y donde se tenga en cuenta al alumno, pensar la salud en la actualidad se ha convertido en un negocio y un derecho cada vez más difícil para la mayoría. Salud que además sale cara al que carece de ella, pues las últimas modificaciones penaliza al enfermo por ausentarse del trabajo, confundiendo como en aquellos tiempos de la histeria, enfermedad con simulación o cara dura.
El estrés no es el nombre de una enfermedad, sino de un conjunto de síntomas. Las causas a las que se adjudican estas dolencias se suelen atribuir a las preocupaciones y problemas, generalmente, del trabajo y una de sus consecuencias más notorias es imposibilitar al sujeto para el desarrollo de la actividad laboral. Preocupación mayúscula, pues un profesor enfermo no sólo es un profesional que sale caro a su “jefe”, sino que es un trabajador que no cumple con su trabajo, una pieza del sistema que obstaculiza el funcionamiento del mismo, una falla, un desvío que es preciso atender. Nadie escucha. El sistema falla, no cuida su engranaje, las piezas que lo integran son personas que se producen en su relación con el mundo, en este caso una relación fallida.
Hablar es demandar, pero a otro, al psicoanalista de la cuestión. En este caso hay cuestión, cuestiones que hacerse sobre lo que lleva a enfermar a alguien al que se le espera sano y algo diestro en el arte de transmitir, lo que no hay es psicoanalista, lugar para pensar y transformar la “enfermedad” de la educación. El docente es su síntoma, demanda una escucha, una transformación. En él hay frustración, antes de la propia realidad frustrada. Para enfermar también es necesaria una capacidad. Lo más fácil es responsabilizar al que no está en la sala, legislador, administración, alumnos, padres, etc. nosotros no tomaremos ese camino, sino aquél otro donde sólo sabremos después y donde es un saber no sabido el que habla para aquél que sabe leer en nuestros actos, nuestros errores.
Aceptar que se aprende más con aquello que falla que con el acierto nos llevará a amainar las armas, no hemos venido a pelear, sino a conversar, a aceptar que la educación se basa en el juego de conversaciones, donde son muchos los que participan. Algo que podría pensarse como tan exclusivo del aula, responde a una compleja articulación donde se transmite ideología a través de la familia, los libros, las reformas educativas, los buenos días del director, los menús escolares y los himnos de fiesta. Familia, la educativa, en la que los miembros no sólo muestran su impotencia para cambiar el rumbo de la educación de nuestros jóvenes, sino que también pretenden que sea otro el que lo haga.
Ante este desconcierto donde cada uno toca su instrumento como puede o como le dejan, nos acordamos de aquél que padece en sus carnes la falta de acierto. Padecer porque cada vez son más los profesores aquejados de apatía falta de motivación, somnolencia, irritabilidad, melancolía, impotencia sexual, frigidez, trastornos gastrointestinales, pánico, enfermedades psicosomáticas…  Teniendo en cuenta que en sus manos están los jóvenes que algún día gobernarán y trabajarán para sostener nuestra vejez es esperar cualquier venganza, aquella del que se siente estafado por no haber recibido lo prometido.
Al profesor le prometieron los medios para poder desarrollar la tarea educativa, en un entorno apropiado, con los medios suficientes y la familia y sociedad a su favor; al alumno, una escuela dispuesta a recibirlos y transmitirles las bondades de la cultura y la civilización. Uno se encuentra con los brazos atados por ciertas dictaduras político-económicas, la falta de ilusiones y la escasez de vocación; el otro, con profesores hastiados de su trabajo, utilización política de las estructuras escolares, compañeros que no desean serlo y un futuro incierto donde trabajar parece una utopía.
En una sociedad así no es extraño que el estrés afecte, no sólo a los profesores, sino a los alumnos, a los padres de los alumnos, por el futuro que les espera a sus hijos, a los legisladores compelidos a cambios constantes para alterar la verdad, a los políticos, por los difíciles ajustes presupuestarios, etc. Pero, ¿nos hemos parado a pensar que en cualquier empleo, en cualquier profesión hay una renuncia al egoísmo, hay un acuerdo con lo social, hay un intercambio económico que hace posible que nuestras sociedades avancen?
Seguimos atados a nuestra sobredeterminación familiar, aún no ha nacido lo grupal en nosotros, no nos sentimos integrantes de esas otras estructuras en las cuales podemos llegar a desempeñar una función, donde podemos amar sin la necesidad de entregar el cuerpo en el encuentro. Aún nos relacionamos en vínculos de sometimiento, uno es el amo y otro el esclavo, uno tiene el poder y el otro lo padece, aún no hemos dejado que el deseo inconsciente nos guíe hacia la muerte por el camino del lenguaje.
El otro, como semejante, forma parte de cada uno ya sea como modelo, como auxiliar o como adversario. Como grupo repetimos el primer grupo al que pertenecimos, el grupo familiar y como masa repetimos la forma más primitiva de sociedad, la horda primitiva. Freud en su texto “El malestar en la cultura” nos ilustraba, es por miedo a perder el amor que renunciamos a parte de nuestros deseos personales, es el amor el medio de acceso a la cultura, pero un amor que también los docentes tienen que utilizar como medio para transmitir a los alumnos. Lo grupal ha de pensarse en la cuestión educativa, porque hay grupos que ese relacionan entre sí, pensar que esa energía que no sólo supera a la del sujeto, sino que es diferente ya que produce efectos que no alcanzaría un individuo aislado.
Grupalidad donde lo que se necesitan son trabajadores dispuestos a dejarse atravesar por la experiencia, a ponerse en el centro de la cuestión y transformarse con ella. Sin embargo, quién quiere transformarse en estos tiempos donde la conciencia quiere seguir reinando y donde la razón sigue dominando a los que tienen que inculcar la creatividad y el entusiasmo. No alcanza con decir que son cuestiones de dinero, que las personas en estos tiempos somos menos valiosas para el sistema que hace veinte años, son cuestiones donde la propia ciencia es nuevamente detenida por la anquilosada moral, que sigue considerando a la cultura como un lujo al alcance de unos pocos y que mantiene al varón por encima de la mujer.
Se apartaron los poetas de la enseñanza.  Hoy no se piensa en el futuro porque el sistema mismo se mantiene en una estructura psicosomática, donde no hay palabras, sólo se padece el cuerpo. En la búsqueda de la satisfacción inmediata cayeron los alumnos, pero porque antes habían caído los padres y profesores, víctimas de una educación basada en la represión de la propia sexualidad, entendida ésta como todo aquello tocado por la palabra. Hoy es más fácil acostarse con una persona desconocida que mantener una conversación.
Y si nuestros políticos dan muestra que han llegado a gobernar personas que nunca se transformaron con la lectura de ningún libro, muchos de nuestros docentes tampoco practica el hábito de la escucha, la conversación, la lectura y la escritura. Tan alejados del fundamento de sus funciones, se acaban convirtiendo en obreros ocupados en pensar en la satisfacción de sus deseos fuera de la fábrica. No está mal soñar y que enseñemos a nuestros jóvenes a soñar, lo que está mal es impedirles tener sueños y no enseñarles que la única manera de alcanzarlos es el camino del trabajo y el estudio. Donde sin cultura no es posible avanzar, donde el presente parece un regalo que otro nos hace  y no el tiempo donde sembrar un futuro para otros.
No se trata de un ser, sino de una posición en el discurso, una posición inconsciente frente al trabajo de enseñar-aprender. No se puede enseñar, pero se pueden tener los puentes para que el otro aprenda, si este es su deseo. Se han descuidado esos puentes, se ha tecnificado el deseo sin tener en cuenta a los sujetos implicados en esa operación. Decía Mallarmé que los Estados para su sobrevivencia no tienen pensada ninguna grandeza para ningún ciudadano. Todo Estado niega sistemáticamente sus transformaciones.
El profesor tendrá que aprender a generar en ese vacío el aprendizaje. Aprender a apartar la razón para que surja la creación, el saber. Aprender a arreglárselas con la angustia de producir aquello que tiene más que ver con lo desconocido, la creación poética, la producción de un saber, que con la producción de conocimiento.
Sin salud psíquica de los docentes, sin transformación del reclamo familiar, todo es insuficiente. El psicoanálisis puede abrir nuevos caminos. La educación demanda una transformación. No habrá futuro sin grupalidad, sin escritura. No habrá salud en el siglo XXI sin Psicoanálisis.

Si superamos la envidia de que lo mejor de nosotros está fuera de nosotros, en la relación con los otros significantes, ahí comenzará la transformación, la salud.




conferencia sobre el estrés en los profesores impartida por la psicoanalista de grupo cero helena trujillo en las II jornadas de calidad educativa organizadas por el sindicato CSI-CSIF en Málaga, noviembre 2014

martes, 19 de marzo de 2013

qué hacer: toda la información de la anda de esta semana

HOY MARTES EN TELEVISIÓN:

"LA MUJER DEL SIGLO XXI",
que dirige y presenta la psicoanalista Helena Trujillo en 3.40 tv Mijas

PROGRAMA 23: SEXUALIDAD FEMENINA

Martes 19 de   MARZO de 2013


Para el psicoanálisis. la sexualidad humana no se limita solamente a lo genitalidad, sino que todo lo sexual es todo aquello tocado por la palabra. Todo lo genital es sexual pero no todo lo sexual es genital. En todos nosotros hay cuatro sexos: padre, madre, hombre y mujer ¿Sabían entonces que la sexualidad femenina no es sólo cuestión de mujeres, que un hombre también tiene que adoptar una posición femenina para dejarse amar, para escribir, para ser penetrado por el conocimiento, para ser ordenado por un jefe?En este programa desvelaremos cómo amamos, deseamos, gozamos, por qué hay sentimientos tan contradictorios en las relaciones humanas.


INVITADAS:
DRA. ALEJANDRA MENASSA
Psicoanalista Grupo Cero
Médico Especialista en Medicina Interna

VIRGINIA VALDOMINOS
Psicoanalista Grupo Cero

LAURA LÓPEZ
Psicoanalista Grupo Cero


ENTREVISTA:
DR. MIGUEL OSCAR MENASSA
DIRECTOR DE GRUPO CERO
MÉDICO, POETA, PSICOANALISTA

 SECCIÓN: 
SEXUALIDAD FEMENINA
CAPÍTULO 3: HABLAR

VEREMOS EL CORTOMETRAJE 
"EL HORTELANO"  -FRAGMENTO-
DIRIGIDO POR MIGUEL OSCAR MENASSA



TODOS LOS MARTES A LAS 22.15 HORAS 
3.40 tv Mijas 



Puedes ver todos los programas anteriores en: www.htpsicoanalisis.com/videos.html


EL PRÓXIMO JUEVES EN TORREMOLINOS:
CHARLA-COLOQUIO: LA MUJER GITANA DEL SIGLO XXI
Centro Cultural Pablo Ruiz Picasso, C/Cruz, s/n Torremolinos
19.30 hrs
ENTRADA GRATUITA

EL PRÓXIMO JUEVES EN MADRID:
ESPECTÁCULO MUSICAL
TANGOS, COPLAS Y CANCIONES DE GRUPO CERO
MIGUEL OSCAR MENASSA, CRUZ GONZÁLEZ Y VIRGINIA VALDOMINOS
Con el acompañamiento al piano por el Maestro Manuel Valencia
20 hrs.
Círculo Catalán, Plaza de España, 6 Madrid
Teatro 1ª Planta
ENTRADA GRATUITA


EL PRÓXIMO VIERNES EN MADRID:
VIERNES DE PSICOANÁLISIS: 
EL BLOCK MARAVILLOSO. POR ALEJANDRA MENASSA
19 hrs.
ENTRADA GRATUITA
Sede Grupo Cero
 C/Duque de Osuna, 4 local Madrid



Psicoanalista Grupo Cero- Asesora Matrimonial
Teléfonos: 
Málaga: 952 39 21 65 
Madrid: 91 55 96 436
Móvil: 626 67 33 22

martes, 3 de julio de 2012

La mujer del siglo XXI. Presentación del libro en Málaga



EDITORIAL GRUPO CERO LE INVITA

PRESENTACIÓN DEL LIBRO 
LA MUJER DEL SIGLO XXI
Una aproximación psicoanalítica


MÁLAGA
JUEVES 12 DE JULIO A LAS 19:30 HORAS
SALA ÁMBITO CULTURAL DE EL CORTE INGLÉS


Participan:
Marina Bravo, Diputada de Cultura de la Diputación de Málaga
Inmaculada Urbano, Directora Onda Azul Radio
Inmaculada Almeida, empresaria Viajes Almeida
Ruth Sarabia, Directora General de Derechos Sociales y directora de participación ciudadana
Adriana Bollón, gerente de Cerindetec y vocal de AMUPEMA
Silvia Velasco, mediadora y abogada


Coautoras:
Helena Trujillo, psicoanalista
Laura López, psicoanalista


Mujer y poder
Mujer y familia
Mujer y trabajo
Mujer y sexualidad
Mujer en el cine
Mujer en la gastronomía
Mujer en la Medicina
...
ENTRADA LIBRE
Más información teléfono 626 67 33 22

jueves, 28 de junio de 2012

Consulta de Psicoanálisis en Vacaciones


Tratamiento y Asesoramiento Psicoanalítico



Oferta Julio, Agosto y Septiembre

Precios muy asequibles para los meses de verano, aprovecha las vacaciones para sentirte mucho mejor.
1 sesión semanal por 180 euros al mes.
2 sesiones semanales por 300 euros al mes.

Desempleados/as:
1 sesión semanal por 100 euros al mes.
2 sesiones semanales por 150 euros al mes.

Durante 3 meses de tratamiento

OFERTA APLICABLE HASTA EL 30 DE SEPTIEMBRE



Cuidar adecuadamente de nuestra salud, pasa por atender principalmente nuestras cuestiones anímicas. 
Para mantener la salud de nuestro cuerpo, primero debemos atender la salud de nuestro psiquísmo


Sesiones en consulta o por teléfono.

Solicitar horario primera entrevista en el teléfono 626 67 33 22.

Nada sabemos de nuestro propio psicoanálisis,pero sabemos de sus efectos.
¡Dedícate un tiempo!



 
Helena Trujillo Luque
Psicoanalista - Asesora Matrimonial
Teléfonos: 952 39 21 65 - 626 67 33 22

martes, 19 de julio de 2011

Psicoanálisis. Tratamiento intensivo de verano. Precios increíbles.





Helena Trujillo - Psicologa - Psicoanalista

Mas de 10 años de experiencia.

Tratamiento intensivo de verano, meses agosto y septiembre.
2 o 3 sesiones semanales. 50% descuento sobre tarifa habitual.

Empiece hoy a sentirse mejor.

El psicoanalisis es muy efectivo desde las  primeras sesiones de tratamiento. 

Consulta en Málaga y Madrid
También CONSULTA ONLINE
Solicite una entrevista telf: 626 67 33 22


lunes, 1 de febrero de 2010

RECITAL POÉTICO. MIGUEL OSCAR MENASSA CANDIDATO NOBEL LITERATURA


RECITAL POÉTICO EN ALHAURÍN DE LA TORRE
VIERNES 12 DE FEBRERO, 19:30 HORAS
CONOCE LA POESÍA DE MIGUEL OSCAR MENASSA
Candidato al Nobel de Literatura 2010

Tú también podrás leer uno de sus poemas. 
Elígelo en www.miguelmenassa.com y compártelo con los asistentes.


Librería Alborada. Av. del Mediterráneo, 8

jueves, 15 de octubre de 2009

El enfermo imaginario.


Taller de escritura miércoles 14 de Octubre de 2009

El enfermo imaginario, Moliere

La acción, en París, en 1673.

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA

ARGAN, solo en su alcoba y sentado a una mesa, ajusta con guitones las cuentas del boticario. Conversando consigo mismo, platica de este modo:

ARGAN. -Tres y dos cinco, y cinco, diez, y diez más, veinte... Tres y dos cinco.
"ltem, el día 24, una ayuda estimulante, preparatoria y emoliente, para ablandar, humedecer y refrescar las entrañas del señor." Lo que más me agrada de Fleurant, mi boticario, es su cortesía:
"Las entrañas del señor, seis reales." Pero eso no basta, amigo mío: a más de correcto, es preciso ser razonable y no desplumar a los pacientes. ¡Seis reales por una lavativa!... Ya sabéis cuánto me satisface complaceros; pero como en ocasiones anteriores me las habéis cobrado a cuatro reales, y en lenguaje de boticario cuando se dice veinte hay que entender diez, pongamos dos reales...
"Item, en el mismo día, según prescripción, una buena ayuda detersiva, compuesta de catalicón doble, ruibarbo, miel rosada y otros, para barrer, lavar y dejar limpio el bajo vientre del señor, seis reales." Con su permiso, abonaremos sólo dos.
"Item, en el mismo día anochecido, un jarabe hepático, soporífero y soñoliento, destinado a dormir al señor, siete reales." De esta partida no me puedo quejar, porque, en efecto, dormí a pierna suelta...
"Item, el día 25, una excelente pócima purgante, corroborante, compuesta de oasis fresco, sen levantino y otros, según receta del señor Purgon, destinada a expulsar y evacuar, la bilis del señor, dieciocho reales." ¡Ah, mi señor Fleurant, esto es ya una burla! Hay que tener consideración con los enfermos, de los cuales vivís; y como el señor Purgon no os habrá ordenado que pongáis dieciocho reales, cargaremos tan sólo doce, si no os molesta.
"Item, en el mismo día, una poción anodina y astringente, para procurar reposo al señor, seis reales." Bien...
"Item, el día 26, una ayuda carminativa para expulsar las ventosidades del señor, siete reales." Tres, señor Fleurant.
"ltem, la misma ayuda, repetida por la tarde, siete reales." Tres...
"Item, el día 27, un preparado enérgico, para estimular la expulsión y limpiar de males humores al señor, doce reales." Doce... Celebro que hayáis razonado en esta ocasión.
"Item, en el día 28, una toma de suero clarificado y azucarado, para dulcificar, lenificar, atemperar y refrescar la sangre del señor, veinte." Diez...
"Item, una poción cordial y preservativa, compuesta de doce gramos de bezoar, jarabes de limón y granada y otras hierbas, según prescripción, veinte reales." ¡Poco a poco, señor Fleurant!... ¡Abusando de este modo, no habrá nadie que quiera estar enfermo!... Conformaos con doce reales... Tres y dos cinco, y cinco, diez, y diez, veinte... Doscientos veintitrés reales, cuarenta céntimos y treinta maravedises. Resulta, pues, que en el mes corriente he tomado... una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve medicinas; más una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y doce lavativas; mientras que en el mes anterior fueron doce medicinas y veinte ayudas. ¡Ahora me explico por qué no me encuentro este mes tan bien como el pasado! Se lo diré a Purgon para que me regularice el tratamiento... ¡A ver! Que se lleven todo esto de aquí... ¿No hay nadie?... ¡Por más que digo, siempre me han de dejar solo!... ¡No hay manera de conseguir que estén en su puesto! (Toca una campanilla.) Ellos que no atienden, y esta campanilla que no suena bastante... (Vuelve a tocar.)¡Nada! (Toca.) ¡Están sordos!... ¡Antonia! (Toca.) ¡Como si no llamara!... ¡Perros! ¡Granujas! (Toca de nuevo.) ¡Me da una rabia! (Deja la campanilla y grita.) ¡Tilín, tilín, tilín! ¡Pícaros de todos los diablos! ¿Es posible que abandonen de este modo a un pobre enfermo? ¡Tilín, tilín, tilín!... ¡Cabe nada más lastimoso! ¡Tilín, tilín, tilín! ¡Dios mío, me dejan morir solo! ¡Tilín, tilín, tilín!

ESCENA II

ANTONIA (Entrando). - ¡Ya va!

ARGAN. - ¡Ah, perra!

ANTONIA (Fingiendo haberse dado un golpe en la frente).- ¡Malhaya vuestras impaciencias!… De tal modo la aturrulláis a una, que a poco si me dejo los sesos en el quicio de un postigo.

ARGAN (Furioso) -¡Traidora!

ANTONIA (Sin dejar de quejarse Para interrumpirle e impedir que grite). - ¡Ay!

ARGAN. - Hace…

ANTONIA. - ¡Ay!

ARGAN. - ¡Hace una hora…

ANTONIA. - ¡Ay, ay!

ARGAN. - …que me has abandonado!

ANTONIA. - ¡Ay!

ARGAN. - ¡Calla, granuja, y déjame que te reprenda!

ANTONIA. - ¡Eso es!... Encima de lo que me he hecho...

ARGAN.- ¡Tú me has hecho a mi desgañitarme, carroña!

ANTONIA. - Y yo me he roto la cabeza; váyase una cosa por la otra. Estamos en paz.

ARGAN. - ¡Cómo, infame!

ANTONIA. - Si continuáis regañándome, lloro.

ARGAN. - ¡Abandonarme así!

ANTONIA (Insistiendo en su propósito de no dejarle hablar). - ¡Ay, ay, ay!

ARGAN. - ¡Lo que tú pretendes, perra!…

ANTONIA. - ¡Ay, ay!

ARGAN. ¿Pero no he de tener ni la satisfacción de reñirte?

ANTONIA. - ¡Reñid, reñid hasta que os hartéis!

ARGAN. - ¡Si no me dejas, ladrona! ¡Si me interrumpes a cada palabra!

ANTONIA. - Si vos tenéis la satisfacción de reñir, ¿por qué no he de tener yo la de llorar? A cada uno lo suyo ¡Ay, ay!

ARGAN. - ¡Habrá que aguantarse!... Quítame esto, granuja, quítame esto. (Se levanta.) ¿Me ha hecho bastante operación la lavativa?

ANTONIA. - ¿La lavativa?

ARGAN. - Si. ¿He echado mucha bilis?

ANTONIA. - ¡A mí qué me importa! Eso no es cuenta mía; eso se queda para el señor Fleurant. Él es el que debe meter la nariz, ya que es él quien cobra las ganancias.

ARGAN. - Que me tengan preparada una taza de caldo para tomarla con la poción que me toca ahora.

ANTONIA. - ¡Bien se divierten a vuestra costa los señores Fleurant y Purgon! Han encontrado una vaca y la ordeñan a gusto. Quisiera yo saber qué enfermedad es la vuestra, que necesita de tantos remedios.

ARGAN. - ¡Calla, ignorante! ¿Quién eres tú para, criticar las prescripciones de la medicina?. . . Ve a llamar a mi hija Angélica, que tengo que hablarle.

ANTONIA.- Aquí viene. Parece que ha adivinado vuestros deseos.

ESCENA III

ARGAN, ANGÉLICA y ANTONIA

ARGAN. -Acércate, Angélica. Llegas a tiempo, que quiero hablarte.

ANGÉLICA. -Ya os escucho.

ARGAN (Corriendo a sentarse en el bacín). - Aguarda dame el bastón. Vuelvo al instante.

ANTONIA (Riéndose de él). - ¡Corra, corra, señor! ¡Lo que nos da que hacer el señor Fleurant!

ESCENA IV

ANGÉLICA y ANTONIA

ANGÉLICA (Mirándola lánguidamente y en tono confidencial). - ¡Antonia!

ANTONIA. - ¿Qué?

ANGÉLICA. - Mírame.

ANTONIA. -Ya os miro. ¿Qué hay?

ANGÉLICA. - ¡Antonia!

ANTONIA. - ¿Qué hay con tanto Antonia?

ANGÉLICA. - ¿No adivinas de lo que quiero hablarte?

ANTONIA. -Me figuro que será de vuestro pretendiente; hace seis días que no habláis de otra cosa.

ANGÉLICA. -Pues si lo sabes, ¿por qué no te apresuras a hablarme de él y me ahorras la vergüenza de ser yo quien te saque la conversación?

ANTONIA. -Si no me dais tiempo.

ANGÉLICA. -Es verdad. Te confieso que no me cansaría de hablar de él, y aprovecho todas las ocasiones para abrirte mi corazón. Dime, ¿repruebas tú mi enamoramiento?

ANTONIA. - Ya me guardaría.

ANGÉLICA. -¿Hago mal abandonándome a tan deliciosas emociones?

ANTONIA.- ¿Quién dice eso?

ANGÉLICA. -¿Tú crees que yo debiera mostrarme insensible a las ternuras de su pasión?

ANTONIA. -De ningún modo.

ANGÉLICA. - ¿Y no te parece a ti, como a mí, que algo de providencial, algo... dispuesto así por el destino, en la forma imprevista de conocernos?

ANTONIA. - Sí.

ANGÉLICA. -Y el hecho de tomar mi defensa sin conocerme, ¿no es digno de un caballero?

ANTONIA. - Sí.

ANGÉLICA. -De un hombre generoso.

ANTONIA. - Conformes.

ANGÉLICA. -¿Y la gallardía con que lo hizo?

ANTONIA. -Es cierto.

ANGÉLICA. -¿Y es o no un buen mozo?

ANTONIA. -Sí que lo es.

ANGÉLICA. - Arrogante.

ANTONIA. - Sin duda.

ANGÉLICA. - Que en sus palabras, como en sus actos, tiene una distinción.

ANTONIA. - Seguramente.

ANGÉLICA. - ¿Y puede oírse lenguaje más apasionado que el suyo?

ANTONIA. - Es verdad.

ANGÉLICA. - ¿Y hay nada más enojoso que este recluimiento en que me tienen, privada de corresponder a los impulsos de esta mutua pasión, que el cielo nos inspira?

ANTONIA. -Tenéis razón.

ANGÉLICA. -Pero ¿tú crees, Antonia, que me quiere tanto como dice?

ANTONIA. -¡Cualquiera sabe! En cuestión de amores hay que andar siempre con cautela, porque el fingimiento semeja mucho a la verdad. Yo he visto algunos farsantes que lo remedan a maravilla.

ANGÉLICA. - ¿Qué estás diciendo, Antonia? Hablando como él habla, ¿sería posible que mintiera?

ANTONIA. - De todos modos, bien pronto podréis salir de dudas. En la carta de ayer os dice que está decidido a pedir vuestra mano; este es el camino; esa es la prueba más palpable de la veracidad de sus palabras.

ANGÉLICA. -Si me ha engañado, no volveré a creer jamás en ningún hombre.

ANTONIA. -Ya vuelve vuestro padre.

ESCENA V

ARGAN, ANGÉLICA y ANTONIA

ARGAN (Sentándose). -Ahora, hija mía, te voy a dar una noticia que seguramente te tomará de nuevas. Me han pedido tu mano. ¿Qué es eso?... ¿Te ríes? Bien mirado, no puede imaginarse noticia más halagüeña para una joven... ¡Oh, naturaleza! Ya veo bien claro que no tengo para qué preguntarte si te quieres casar.

ANGÉLICA. - Mi único deseo es obedeceros, padre mío.

ARGAN. -Me complace esa sumisión. Hemos ultimado el asunto y ya estás prometida.

ANGÉLICA. -Acataré a ojos cerrados vuestra voluntad, padre mío.

ARGAN. -Tu madrastra pretendía que tú y Luisa, hermana menor, entrarais en un convento. Desde hace tiempo ese era su propósito.

ANTONIA. (Bajo) -¡Su razón tiene la muy bribona!

ARGAN. (Continuando.) -Por lo cual se negaba al ahora a autorizar este matrimonio; pero he logrado reducirla y dar mi palabra.

ANGÉLICA. -¡Cuánto tengo que agradecer a vuestras bondades, padre mío!

ANTONIA. -Seguramente, ésta es la acción más cuerda de vuestra vida.

ARGAN. -Aun no conozco a tu futuro; pero me afirman que quedaré satisfecho y tú también.

ANGÉLICA. -Seguramente, padre mío.

ARGAN. -¿Cómo? ¿Tú le has visto?

ANGÉLICA. -Puesto que vuestro consentimiento me autoriza a abriros mi corazón, no os ocultaré que hace seis días el azar nos puso frente a frente, y que la petición que os han hecho es consecuencia de una inclinación mutua, experimentada desde el primer instante.

ARGAN. -No me habían dicho nada, pero me alegro, porque más vale que sea así. Según parece, se trata de un buen mozo.

ANGÉLICA. -Sí, padre mío.

ARGAN. -Arrogante.

ANGÉLICA. -Sí.

ARGAN. -De aspecto simpático.

ANGÉLICA. -Ya lo creo.

ARGAN. -De fisonomía franca.

ANGÉLICA. -Muy franca.

ARGAN. -Digno y juicioso.

ANGÉLICA. -Precisamente.

ARGAN. -Honrado.

ANGÉLICA. -Como el que más.

ARGAN. -Que habla el latín y el griego a maravilla.

ANGÉLICA. -Eso no lo sabía yo.

ARGAN. -Y que dentro de tres días será recibido de médico.

ANGÉLICA. -¿Médica, padre mío?

ARGAN. -Sí, ¿tampoco lo sabías?

ANGÉLICA. -No. ¿Quién os lo ha dicho?

ARGAN. -El señor Purgon.

ANGÉLICA. -¿Lo conoce el señor Purgon?

ARGAN. -¡Vaya una pregunta! No lo ha de conocer, si es su sobrino.

ANGÉLICA. -¿Cleonte sobrino de Purgon?

ARGAN. -¿Quién es ese Cleonte? Hablamos del joven que ha pedido tu mano.

ANGÉLICA. -¡Claro!

ARGAN. -Que es sobrino del señor Purgon e hijo de su cuñado, el señor Diafoirus, médico también. Ese joven se llama Tomás: Tomás Diafoirus, y no Cleonte. Con él es con quien hemos acordado esta mañana tu boda, entre el señor Purgon, Fleurant y yo. Mañana mismo vendrá el padre a hacer la presentación de tu futuro. Pero ¡qué es eso? ¿Por qué pones esa cara de asombro?

ANGÉLICA. -Porque vos hablabais de una persona y yo me refería a otra.

ANTONIA. -¡Eso es una burla! Teniendo la fortuna que tenéis, ¡seríais capaz de casar a vuestra hija con un médico?

ARGAN. -¿Quién te mete a ti donde no te llaman, imprudente?

ANTONIA. -¡Calma! ¿Por qué no hemos de discutir sin acaloramientos? Hablemos tranquilamente. ¿Qué razones habéis tenido para consentir ese matrimonio?

ARGAN. -La razón de que, encontrándome enfermo -porque yo estoy enfermo-, quiero tener un hijo médico, pariente de médicos, para que entre todos busquen remedios a mi enfermedad. Quiero tener en mi familia el manantial de recursos que me es tan necesario; quien me observe y me recete.

ANTONIA. -Eso es ponerse en razón. Cuando se discute pacíficamente, da gusto. Pero con la mano sobre el corazón, señor, ¿es verdad que estáis enfermo?

ARGAN. -¡Cómo , granuja! ¿Qué si estoy enfermo?… ¿Si estoy malo, insolente?

ANTONIA. -Conforme, señor; estáis malo. No vayamos a pelearnos por eso. Estáis muy malo, lo reconozco; mucho más malo de lo que os podéis figurar, estamos de acuerdo. Pero vuestra hija, al casarse, debe tener un marido para ella, y estando buena y sana, ¿qué necesidad hay de casarla con un médico?

ARGAN. -Si el médico es para mí. Una buena hija debe sentirse dichosa casándose con un hombre que pueda ser útil a la salud de su padre.

ANTONIA. -¿ Me permitís, señor, que os dé un consejo leal?

ARGAN. - ¿Qué consejo es ése?

ANTONIA -No volváis a pensar en ese matrimonio.

ARGAN. -¿Por qué?

ANTONIA. -Porque vuestra hija no consentirá con él.

ARGAN. -¿Que no consentirá?

ANTONIA. -No.

ARGAN. -¿Mi hija?

ANTONIA. -Vuestra hija, que no quiere oír habla del señor Diafoirus, ni de su hijo, ni de ninguno de los Diafoirus que andan por el mundo.

ARGAN. -Pues yo sí. Además, esa boda es un gran partido. El señor Diafoirus no tiene más hijo ni heredero que ese; y el señor Purgon, que es soltero, lega en favor de ese matrimonio sus ocho mil duros de renta.

ANTONIA. -¡La de gente que habrá matado para hacerse tan rico!

ARGAN. -Ocho mil duros de renta es una cantidad muy respetable; y unida al caudal del señor Diafoirus...

ANTONIA. -Sí, sí. Todo eso está muy bien; pero yo insisto, y os lo vuelvo a repetir, en que le busquéis otro marido. No nació vuestra hija para ser la señora de Diafoirus.

ARGAN. -¡Pues yo quiero que lo sea!

ANTONIA. - ¡Bah! ¡No digáis eso!

ARGAN. - ¡Cómo que no lo diga!

ANTONIA. -¡No!

ARGAN. -¿Y por qué no lo he de decir?

ANTONIA. -Porque pensarán que no sabéis lo que os decís.

ARGAN. -¡Que piensen lo que quieran; pero ella ha de cumplir la palabra que yo he dado!

ANTONIA. -Estoy segura que no.

ARGAN. -La obligaré.

ANTONIA. -Será inútil.

ARGAN. -¡Pues se casará o la meteré en un convento!

ANTONIA. -¿Vos?

ARGAN. -¡Yo!

ANTONIA. -¡Bah!

ARGAN. -¿Qué es eso de ¡bah!?

ANTONIA. -Que no la meteréis en ningún convento.

ARGAN. -¿Que no la meteré en un convento?

ANTONIA. -No.

ARGAN. -¿Que no?

ANTONIA. -No.

ARGAN. -¡Esto sí que tiene gracia! De manera que, queriéndolo yo mismo, no meteré a mi hija en un convento.

ANTONIA. -Os digo que no.

ARGAN. -¿Quién me lo iba a impedir?

ANTONIA. -Vos mismo.

ARGAN. -¿Yo?

ANTONIA. -Vos, que no podréis tener tan mal corazón.

ARGAN. -¡Pues lo tendré!

ANTONIA. -¡Esa es grilla!

ARGAN. -¡Yo no hablo en chanza!

ANTONIA. -Os entrará la ternura paternal.

ARGAN. -¡Pues no me entrará!

ANTONIA. -Un par de lagrimitas, echándoos los brazos al cuello, y un "papaíto mío" dicho con requiebro, bastarán para desarmaros.

ARGAN. -Todo eso será inútil.

ANTONIA. -¿A que no?

ARGAN. -Te repito que no desistiré por nada.

ANTONIA. -¡Pamplinas!

ARGAN. -¡No me digas pamplinas!

ANTONIA. -Os conozco, señor, y sé que sos bueno por naturaleza.

ARGAN (Indignado.) - ¡Yo no soy bueno, y seré malo, cuando me dé la gana!

ANTONIA. -No os encolericéis, señor. Acordaos de que estáis enfermo.

ARGAN. -Le ordeno, terminantemente, que se disponga a casarse con quien yo le diga.

ANTONIA. -Pues yo le prohibo en absoluto que lo haga.

ARGAN. -Pero, ¿en qué país vivimos? ¿Qué audacia es ésta de atreverse una pícara de sirvienta a hablar de ese modo a su amo?

ANTONIA. -Cuando un amo no sabe lo que hace, una sirvienta con juicio tiene derecho a enmendarle la plana.

ARGAN (Lanzándose sobre ella.) -¡Te voy a apabullar por insolente!

ANTONIA (Huyendo.) -¡Tengo la obligación de impedir que mis señores se deshonren!

ARGAN (Iracundo, enarbola el bastón y corre tras ella, que se escuda rodeando el sillón.) ¡Ven, ven, que yo te enseñaré a hablar!

ANTONIA (Dando vueltas alrededor del sillón.) -¡Me interesa que no hagáis locuras!

ARGAN (Siempre tras ella.) -¡Perra!

ANTONIA. -No consentiré jamás en ese matrimonio.

ARGAN. -¡Trapacera!

ANTONIA. -No quiero que sea la mujer de ese Tomás Diafoirus.

ARGAN. -¡Carroña!

ANTONIA. -Y ella me hará más caso a mí que a vos.

ARGAN. -¡Angélica, sujétame a esa pícara!

ANGÉLICA. -¡Vamos, padre, que os vais a poner malo!

ARGAN. -¡Si no la sujetas te maldigo!

ANTONIA. -Y yo, si os obedece, la desheredo.

ARGAN (Dejándose caer en un sillón, rendido de correr tras ella.) -¡Ay, no puedo más!... ¡Esto me costará la vida!

ESCENA VI

BELISA, ANGÉLICA, ANTONIA y ARGAN

ARGAN. -¡Ay, esposa mía, acércate!

BELISA. -¿Qué tienes, pobrecito mío?

ARGAN. -¡Socórreme!

BELISA. -¿Qué es eso? ¿Qué es lo que te pasa, hijito mío?

ARGAN. -¡Chacha mía!

BELISA. -Querido.

ARGAN. -Me han encolerizado.

BELISA. -¿De veras, maridín mío? ¿Y cómo ha sido eso, tesoro?

ARGAN. -¡Esa pillastre de Antonia, que cada día es más insolente!

BELISA. -No te excites.

ARGAN. -¡Me ha enrabiado, chachina!

BELISA. -Calma, hijo mío.

ARGAN. -Hace una hora que me lleva la contraria en todos mis propósitos.

BELISA. -Vamos, vamos, cálmate.

ARGAN. -¡Y ha tenido la avilantez de decirme no estoy enfermo!

BELISA. -¡Qué impertinencia!

ARGAN. -Ya la Conoces, corazón mío.

BELISA. -Sí, entrañas; ha hecho muy mal.

ARGAN. -Esa pícara será la causa de mi muerte, amor mío.

BELISA. -¡Bah, bah!

ARGAN. -¡Por Su culpa tengo siempre el saco de la bilis rebosando!

BELISA. -No te enfurezcas de ese modo.

ARGAN. -Hace no sé el tiempo que te repito que le des la cuenta.

BELISA. -Por Dios, hijo mío; no hay sirviente que no tenga defectos, y muchas veces hay que soportarles lo malo en gracia de lo bueno. Esta es hábil, cuidadosa, diligente y, sobre todo, fiel. Ya sabes cuántas precauciones hay que tomar antes de admitir gente nueva. ¡Antonia!

ANTONIA. -Señora.

BELISA. -¿Por qué enojas a mi marido?

ANTONIA (Con acento dulce.) -¿Yo, señora? No me explico lo que decís, porque no vive una más que para dar gusto, en todo al señor.

ARGAN. -¡La muy traidora!

ANTONIA. -Me decía que quiere casar a su hija con el hijo del señor Diafoirus, y yo le contestaba que el partido es excelente; pero que me parecía mejor que la metiera en un convento.

BELISA. -No hay motivos para que te enfades por eso; me parece que tiene razón.

ARGAN. -¡No la creas, amor mío! ¡Es una malvada, que acaba de decirme mil insolencias!

BELISA. -Te creo, amigo mío... Vamos, siéntate. Escucha, Antonia: si vuelves a enojar a mi marido, te planto en la calle... Tráeme su capotón enguatado y las almohadas, que voy a acomodarle en su sillón... Estás no sé cómo. Toma; encasquétate bien el gorro hasta las orejas, que no hay nada que acatarre tanto como el aire en los oídos.

ARGAN. -¡Cuánto tengo que agradecerte, chacha mía, por los cuidados que te tomas conmigo!

BELISA. -(Acomodándole las almohadas.) -Levanta un poco que te remeta bien. Una a cada lado, otra en la espalda y otra para que reclines la cabeza.

ANTONIA. -(Dándole un almohadazo en la cabeza y escapando.) -Y ésta, para resguardaros del relente.

ARGAN. -(Levantándose iracundo y tirándole todas las almohadas a Antonia.) -¡Quieres asfixiarme, bribona!

BELISA. -¿Qué es eso? ¿Qué ocurre ahora?

ARGAN (Muy abatido, dejándose caer en el sillón.) -¡Ay, ay! ... ¡No puedo más!

BELISA. -¿ Por qué te exaltas de ese modo? Seguramente no ha tenido intención de molestarte.

ARGAN. -Tú no conoces, amor mío, las truhanerías de esa malvada. . . Ha logrado sacarme de quicio, y tendré que tomar lo menos ocho medicamentos y doce lavativas para reponerme.

BELISA. -Vamos, vamos, chiquito; sosiégate un poco.

ARGAN. -Tú eres mi único consuelo, vida mía.

BELISA. -¡Pobre hijito mío!

ARGAN. -Para recompensar tanta amorosa solicitud, ya te he dicho, corazón mío, que deseo hacer testamentó.

BELISA. -¡Ay, querido mío; te ruego que no haeblemos de eso! De tal modo me horroriza esa idea, que la sola palabra testamento me hace estremecer de angustia.

ARGAN. -Te dije que avisaras a tu notario.

BELISA. -Vino conmigo, y ahí aguarda.

ARGAN. -Hazle entrar, amor mío.

BELISA. -¡Ay! Cuando se ama de verdad a un marido, no se puede pensar en estas cosas.

ESCENA VII

EL NOTARIO, BELISA y ARGAN

ARGAN. -Adelante, señor Bonafé. Acercaos y tomad asiento, si os place... Informado por mi mujer de vuestra honorabilidad y de la buena amistad que le profesáis, le encargué que os hablara de cierto testamento que quiero hacer.

BELISA. -¡Yo no soy capaz de hablar de eso!

EL NOTARIO. -La señora ya me ha puesto al corriente de vuestras intenciones y de los propósitos que os animan respecto a ella; pero mi deber es advertiros de que no podéis dejarle nada en testamento.

ARGAN. -¿Y por qué?

EL NOTARIO. -Porque la costumbre se opone. Si estuviéramos en un país de leyes escritas podría hacerse; pero en París, como en casi todos los países rutinarios, donde la costumbre hace ley, es imposible; la disposición sería nula. Todos los anticipos que puedan hacerse entre un hombre y una mujer, coyundados por legítimo matrimonio, se consideran como mutuas dádivas hechas en vida; pero, aun en este caso, es condición precisa que no haya hijos de por medio, ya sean de los cónyuges o de uno de ellos habido en matrimonio anterior.

ARGAN. -¡Pues es una costumbre de verdad cargante que un marido no pueda dejar nada a una esposa que lo ama tiernamente y que se desvive en atenciones! Quisiera consultar a mi abogado para ver qué solución me da.

EL NOTARIO. -¡Dejaos de abogados, que suelen ser gentes meticulosas y que consideran como un crimen el testar contrariamente a lo instituído! Todo se les vuelve dificultades e ignoran los recovecos de la conciencia. Hay otras personas a quienes consultar que son más acomodaticias, que tienen expedientes para deslizarse bordeando la ley y dándole validez a lo que no se considera como lícito; gentes que saben allanar dificultades y encuentran medios de eludir la costumbre por cualquier procedimiento indirecto. Si no se pudiera hacer esto, ¿dónde iríamos a parar? Es preciso dar facilidades; de otro modo no haríamos nada y habría que dejar el oficio.

ARGAN. -Mi mujer me había dicho, señor, que erais hombre hábil y muy docto. Decidme qué es lo que puedo hacer para dejarle a ella mis bienes, saltando por encima de los derechos de mis hijos.

EL NOTARIO. -¿Qué podéis hacer?... Pues elegir, sigilosamente, entre los amigos de vuestra esposa y dejar a uno de ellos, cumpliendo con todos los requisitos legales, una parte de vuestra fortuna; este amigo, más tarde, hará entrega del legado a la señora. Podéis también contraer un número considerable de deudas y atenciones, no sospechosas, en favor de unos fingidos acreedores, que darán sus nombres por complacer a vuestra esposa, y a la cual harán entrega de un documento privado declarando este extremo. Podéis, por último, entregarle en vida cantidades en metálico o en valores al portador.

BELISA. -Dios mío, no te atormentes por esto. Si tú llegaras a faltarme, hijo mío, yo no podría seguir en el mundo.

ARGAN. -¡Vida mía!

BELISA. -Sí, querido; si tengo la desgracia de perderte...

ARGAN. -¡Querida esposa!

BELISA. -La vida no tendrá ya para mí ningún interés.

ARGAN. -¡Amor mío!

BELISA. -Seguiría tus pasos para hacerte ver toda mi ternura.

ARGAN. -¡Me partes el corazón, chacha mía! ... ¡Cálmate, te lo suplico!

EL NOTARIO. -Vuestras lágrimas son extemporáneas; no hemos llegado aún a esos extremos.

ARGAN. -Si notario, mi mayor pesadumbre será el no haber tenido un hijo tuyo. Purgon me ofreció que él me haría tener uno.

EL NOTARIO. -Aún pudiera ocurrir.

ARGAN. -Es preciso hacer ese testamento, amor mío, en la forma que nos ha indicado el señor; pero, por precaución, quiero entregarte veinte mil francos en oro, que tengo escondidos en mi alcoba, y dos letras aceptadas, una por Damon y otra por Gerante.

BELISA. -No, no; no tomaré nada... ¿Cuánto dices que tienes en la alcoba?

ARGAN. -Veinte mil francos, amor mío.

BELISA. -No hablemos de intereses, te lo ruego ... Y ¿ de cuánto son las letras?

ARGAN. -Una de cuatro mil francos y otra de seis mil.

BELISA. -Todos los bienes de este mundo no valen lo que tú.

EL NOTARIO. -¿Procedemos a redactar el testamento?

ARGAN. -Sí, señor. Pero mejor será que nos vayamos a mi despacho. ¿Quieres ayudarme, amor mío?

BELISA. -Vamos, hijito.

ESCENA VIII

ANGÉLICA Y ANTONIA

ANTONIA. -Están con un notario y les he oído hablar de testamento. Vuestra madrastra no se duerme; seguramente ha urdido alguna maquinación contra vuestros dineros y ha complicado en ella a vuestro padre.

ANGÉLICA. -Que disponga de todos sus bienes como quiera, con tal que no disponga de mi corazón. Ya has visto las violencias que le amenazan; no me abandones, en este trance, por Dios te lo pido.

ANTONIA .-¿Abandonaros yo? Antes la muerte. Vuestra madrastra me ha honrado haciéndome su confidente e interesándome en sus manejos; pero yo, que no le tengo el menor apego, trabajaré por cuenta vuestra. Dejadme hacer a mí, que he de recurrir a todo por serviros; y, para poder hacerlo con más eficacia, cambiaré de puntería, ocultando el interés que tengo por vos y fingiendo ponerme de parte de vuestro padre y de vuestra madrastra.

ANGÉLICA. -Procura poner del matrimonio que han acordado.

ANTONIA. -No tengo más persona de quién echar mano que del viejo usurero Polichinela, mi pretendiente; me bastarán cuatro palabras tiernas, que emplearé a gusto para serviros. Hoy, ya es tarde; pero mañana, muy temprano, le mandaré llamar y se volverá loco de...

BELISA. -¡Antonia!

ANTONIA. -Me llaman. Buenas noches, y confiad en mí.

(La decoración cambia, representando ahora una calle.

FIN DEL PRIMER ACTO